La quilla

Venezuela en el corazón

foto de Fernando Salgado
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Igor es un joven y reputado ingeniero geofísico venezolano que, después de recorrer varios países europeos, trabaja en Houston, en la industria petrolera. Su madre, Maryori, ingeniera agrónoma y economista, ocupó cargos destacados en el régimen bolivariano. Desde el pasado martes, ambos mantienen una enconada discusión a través del teléfono: discrepan sobre el rumbo que debe tomar Venezuela, su patria, tras el fallecimiento de Hugo Chávez.

Como estamos emparentados y el pasado verano pude asistir a un capítulo de su perpetuo debate, puedo reconstruir, siquiera esquemáticamente, el núcleo de sus respectivas posiciones. Maryori sostiene que la revolución bolivariana ha devuelto a los venezolanos su orgullo como pueblo y la dignidad a millares de indigentes que habitan los ranchitos de los cerros. Mediante ambiciosos programas de sanidad, educación y vivienda, financiados con la renta que proporciona el petróleo, Chávez ha conseguido limar las aristas más agudas de la miseria y reducir las enormes desigualdades de renta. La CEPAL certifica las conquistas en este campo: casi la mitad de los venezolanos estaban sumidos en la pobreza cuando el líder alcanzó el poder; catorce años después, poco más de la cuarta parte.

Igor, un joven de ideas avanzadas, reconoce las mejoras. No en vano fue especialmente crítico con el candidato de la oposición, Henrique Capriles, cuando en plena campaña electoral sugirió la posibilidad de prescindir de los más de 30.000 médicos cubanos que prestan asistencia sanitaria en Venezuela. Pero duda de que esa política social sea sostenible si, paralelamente, aprovechando los recursos del petróleo, no se ponen las bases de una economía diversificada y competitiva.

Asisto al debate con el corazón encogido. Hace más de cincuenta años, mis padres emigraron a Caracas. Encontraron su primer trabajo en casa de los Capriles, dueños en aquel momento de un imperio mediático. Allí nacieron dos de mis hermanos y allí residí durante varios meses de 1970. En aquel entonces, adecos y copeyanos se repartían, por turnos, el poder y los puestos en una Administración absolutamente corrupta. Con un par de bolos se podían comprar muchas voluntades. Las diferencias sociales eran brutales: el consumismo y los veloces carros del centro de la capital contrastaban fuertemente con los ranchitos de tablones y hojalata que pendían, en difícil equilibrio puesto a prueba por las lluvias torrenciales, en las laderas del Ávila. La violencia, sin alcanzar las cotas actuales, comenzaba su despegue. A muchos emigrantes gallegos, con negocios florecientes, les iba bien: era la época en la que Celso Emilio Ferreiro, desencantado de su experiencia migratoria, escribía su Viaxe ao país dos ananos.

Desde entonces, la palabra Venezuela tiene para mí especiales resonancias afectivas. Y el debate entre Igor y su madre Maryori lo vivo en carne propia. Como una muestra del profundo desgarrón que divide a la sociedad venezolana: al tiempo que se han reducido las desigualdades sociales, paradójicamente, Venezuela -como las dos Españas de Machado- se ha escindido en dos. Pese a todo, Igor y su madre se quieren y se respetan, síntoma tal vez de que la unidad todavía es posible.