ANÁLISIS

La metáfora de James Dean

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Obama, tras la reunión del viernes en la Casa Blanca. A. HARRER efe

En la jerga de la calle, en Estados Unidos, se lo conoce como game of chicken, el juego del gallina. Consiste en organizar una apuesta peligrosa y ver quien es el primero que se acobarda. Como en la película Rebelde sin causa, en la que James Dean se lanza a toda velocidad hacia un precipicio con un vehículo robado después de apostar con su rival a ver quien salta antes.

De aquella escena famosa en imaginario norteamericano sale el concepto de «precipicio fiscal», el juego de gallina que se juega estos días en Washington. James Dean tenía, dirán algunos, la excusa de una adolescencia atormentada, al menos. Pero acusar de inmadurez a los dirigentes norteamericanos, como se ha venido haciendo en estas semanas, es ignorar el carácter netamente político de la fiscalidad y el gasto.

Ni Barack Obama ni los republicanos son «rebeldes sin causa» sino representantes de dos maneras de entender el papel de lo público y lo privado. Son dos enfoques irreconciliables, pero perfectamente defendibles desde el punto de vista de cada uno, y para defenderlos es para lo que han sido elegidos por los ciudadanos. Lo que está fallando, en realidad, y esto es algo que pocos se atreven a decir en Washington, es lo que se cree perfecto e irremplazable: el diseño del propio sistema parlamentario norteamericano. Ese sistema, pensado para representar territorios y grupos de intereses más que ideologías políticas, resulta inmanejable en una sociedad moderna como el Estados Unidos de hoy en día.

La clave del juego

¿Es posible el acuerdo? Ahora mismo, más bien no lo parece. Las cifras que manejan unos y otros son imposibles de conciliar. Como en el juego del gallina, el único resultado posible es la derrota de uno de los contendientes, sea esta más evidente o menos. Por eso la ultima táctica de los negociadores fue irse de vacaciones. Es la clave del juego: fingir indiferencia.

También fingir optimismo. Por eso ayer Obama se mostró esperanzado de que se llegaría a un pacto. Pero rápidamente le siguió el líder de los republicanos. Y es que en el fondo se trata de meter presión al otro.

Si, finalmente, la amenaza del «precipicio fiscal» se materializa, las consecuencia políticas serían complejas. Obama pasaría a gobernar un país con recesión, pero no le sería difícil culpar de ello a sus contrarios. Existe el precedente de la bancarrota en tiempos del presidente Bill Clinton.

Habilidad

El también demócrata Clinton logró que se viese a los republicanos como responsables y gracias a eso logró ganar una reelección que estaba en el alero. Seguro que los más veteranos en el Partido Republicano lo tienen muy presente estos días. Después de todo, en Rebelde sin causa el rival de James Dean se engancha con la puerta al saltar y acaba en el fondo del barranco.

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