«Estamos peor que animales»

Sirios heridos en los bombardeos que sufre la ciudad de Homs y que han logrado escapar a un hospital en el Líbano relatan escenas espeluznantes sobre el asedio y la represión

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El olor a sangre se mezcla con el del yodo que empapa la cama del Sheikh Ahmed. A sus 32 años, este hombre de barba larga y de complexión fuerte llora como un niño desconsolado al relatar la vida en el barrio de Baba Amr, uno de los más castigados por el Ejército de Bachar al Assad en Homs. «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?», se desespera. «¿Dónde están los árabes? Somos todos hermanos, somos una Umma».

«El Ejército de Bachar bombardea primero una casa y cuando la gente se agolpa a socorrer a los heridos arroja otro misil para matar a más», relata. «Es insoportable. Recogemos un trozo de cuerpo, un niño sin cabeza, una mano ? ¡Ni siquiera cadáveres! Estamos peor que animales: sin electricidad, sin comunicación, sin gasolina. Les disparan a los contenedores de agua».

Los relatos de los heridos que llegan de Siria son espeluznantes. Son los heridos y no los muertos los que ponen cara y testimonian los horrores de la guerra. Los rumores de brutalidades cometidas por el régimen corren de cuarto en cuarto, entre ellos que los cuerpos de los muertos a manos de la tortura son cortados en dos con sierras y sus órganos extraídos para ser enviados a Irán. El temor a que les ocurra algo así explica que decenas de heridos graves prefieran lanzarse a la locura de recorrer los poco más de 100 kilómetros que separan Homs de Trípoli en hasta 24 horas, aun a riesgo de desangrarse antes que ser atendidos en un hospital sirio.

Hospitales clandestinos

Hoy parece ser una profesión en Baba Amr arriesgar la vida. «Hay gente que se la juega para asegurarse de que llegue algo de pan», explica el Sheikh. «Son héroes y lo hacen en parte por los niños, para que no les falte comida». Los heridos afirman que la mayoría de mujeres y niños han abandonado el barrio, de 100.000 habitantes, hacia zonas más seguras, pero algunas han insistido en quedarse en casa como prueba de apego a la revolución.

Un proyectil golpeó la casa del Sheikh y le destrozó la pierna derecha. «Cuando me desperté me arrastré como pude y unos compañeros me llevaron a una casa hospital donde me cosieron superficialmente para evitar la hemorragia».

Los heridos temen acudir a los hospitales sirios por miedo a ser asesinados o torturados. Esto ha hecho proliferar hospitales clandestinos en casas de los barrios sublevados donde escasos médicos con apenas instrumental o medicación operan a los heridos manteniendo un movimiento constante de casa en casa para evitar ser identificados y bombardeados. Tras una primera asistencia, el estado de Ahmed era crítico y hubo que trasladarlo al Líbano. «Me sacaron en camilla hasta que alcanzamos un coche y ahí me desmayé, no se cuánto tardaron en traerme, pero llevo cinco días aquí». En la cama del hospital apenas puede moverse. Numerosos clavos de metal se hunden en su carne en un intento de mantener la pierna unida. No sabe si volverá a andar.

En los pasillos del hospital, un puñado de jóvenes velan por la seguridad y comodidad de los heridos. Entre ellos, Khaled, un estudiante que huyó de Homs hace meses. «Los traen solos, en ocasiones son niños gravemente heridos. La primera asistencia que necesitan es psicológica para asimilar el trauma». Con palabras de comprensión y el amparo de la religión, Khaled recorre los cuartos del hospital, al tiempo que organiza la distribución de comida pagada con aportaciones de sirios en el extranjero y libaneses solidarios. Él y sus compañeros también recaban información sobre los sucesos en Homs y se aseguran de mantener el anonimato de los pacientes, sean miembros del Ejército Libre Sirio (ELS) o simples ciudadanos. «En los últimos dos meses hemos recibido entre 250 y 300 heridos. En los últimos cuatro días, solo seis. La mayoría vienen de Homs, pero ahora tardan mucho en llegar porque la nieve dificulta el transporte. A ello se suma que ya no hay apenas combustible en Homs y que el Ejército ha plantado más minas en la frontera dificultando el cruce».

De los 16 pacientes sirios que hay en el hospital, todos son hombres. «Las mujeres tienen miedo de venir al Líbano, aunque sean heridas graves. Temen ser arrestadas en el camino por el Ejército sirio, por el libanés o ser secuestradas una vez en el Líbano. Además, el camino es largo y duro, no todos sobreviven», explica otro joven.

Khaled recibe una llamada. Acaba de llegar otro herido grave, con trozos de proyectiles en la cabeza.

No han dejado nada

En la habitación contigua a la del Sheikh, Abu Hassan yace en otra camilla con el pie y la mano izquierdas inmovilizadas. También de Baba Amr, relata la misma situación que su compañero. «Estaba en casa cuando un proyectil golpeó la ventana. Me alcanzó este lado», dice señalando el costado de donde le han extraído trozos de metralla. Como Ahmed, cuenta que se quedó en Baba Amr para ayudar con la evacuación de heridos. Como el resto de heridos, niega pertenecer al ELS. Ha desenterrado decenas de muertos y heridos en los últimos días.

«Hay entre 30 y 70 mártires diarios desde que comenzó el bombardeo de Homs. Es un crimen lo que está sucediendo. He sacado al menos a tres bebés de menos de un año con las cabezas machacadas o partes del cuerpo arrancadas por la explosión. Si te paseas hoy por Homs parece Somalia o Chechenia en tiempos de guerra. Está todo bombardeado, no han dejado nada. ¿Dónde está la comunidad internacional? ¡Que alguien haga cesar el bombardeo!».

No sabe nada de su familia desde hace semanas, pero se consuela con seguir vivo. Abu Hassan tardó 14 horas en llegar a Trípoli. Pasó por seis coches y varios trayectos en brazos de los compañeros que se encargan de la evacuación clandestinamente para eludir a las tropas sirias antes de llegar a la frontera con el Líbano. Allí lo esperaba una ambulancia de la Cruz Roja. Esta noche, los 16 heridos sirios compartirán de nuevo la soledad y las pesadillas de guerra en un hospital de un país que no es el suyo.

«Si te paseas hoy por Homs, parece Somalia o Chechenia en tiempo de guerra»

«Recogemos un trozo de cuerpo, un niño sin cabeza, ni siquiera cadáveres»

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