El presidente de EE.UU., Barack
Obama, compareció ayer brevemente en la Casa Blanca. Rio ostensiblemente al acercarse al atril mientras intercambiaba bromas con los periodistas y, con esas artimañas, probablemente intentaba enviar un mensaje no verbal que quitara hierro a lo que estaba a punto de hacer: anunciar que su Gobierno daba marcha atrás en la imposición a las instituciones religiosas de pagar los métodos anticonceptivos de sus trabajadores.
Esa norma, que fue aprobada el pasado 20 de enero, había provocado una enorme controversia. Primero fueron los católicos los que se enfrentaron a ella. Después la polémica pasó a evangelistas y protestantes y se extendió más aún cuando los republicanos la llevaron al centro de la campaña electoral con la acusación de que Obama atentaba contra la libertad religiosa. Y si hay un derecho sagrado para los estadounidenses, junto a la libertad de expresión, ese es que cada uno es libre de elegir y practicar su religión como mejor le parezca.
La norma que aprobó el Gobierno y que ahora ha modificado obligaba a universidades, hospitales y demás instituciones religiosas, excepto las parroquias, a financiar los métodos anticonceptivos de sus empleados, incluidos la píldora del día después y la esterilización. Con el cambio de ayer, estos centros podrán alegar motivos de conciencia para no hacerlo. En ese caso, será el seguro de salud del empleado el que facilite esos servicios sin coste para el trabajador. Será así porque, según el mandatario, es fundamental asegurarse de que «las mujeres puedan acceder a la anticoncepción gratuita, independientemente de donde trabajen».
Pero, y a pesar de las buenas palabras con las que vistió su marcha atrás, el hecho de verse obligado a cambiar la norma por la presión social tres semanas después de haberla aprobado no es una buena señal para los votantes. Y este cambio se une al de la semana pasada, cuando Obama decidió utilizar el apoyo de un súper PAC, un comité de soporte electoral, a los que había criticado durísimamente.
Ambos bandazos ofrecen la imagen de un líder que no tiene las ideas claras y eso en pleno año electoral puede ser muy peligroso para Obama. A ello hay que añadir que, ahora que ha conseguido apaciguar a los católicos, de los que un 54 % votaron por él en el 2008, hay que esperar a ver cómo reaccionan ante la modificación los grupos de mujeres que ya llevaban unos días alertando sobre la posible marcha atrás de la Casa Blanca en esta cuestión. Y no hay que olvidar que las mujeres fueron uno de los puntales para la elección de Obama en los anteriores comicios.