Abas al Fassi.

Marruecos puede emular a Túnez y ser gobernado por islamistas

El Partido de la Justicia y el Desarrollo, favorito en los comicios de mañana


redacción / la voz

Marruecos no quiere ser Egipto, prefiere parecerse a España, donde los dirigentes se cambian en las urnas. Así, el rey Mohamed VI, viendo lo que sucedía a sus vecinos de continente, optó por una reforma constitucional para acercarse algo a las reivindicaciones sociopolíticas de sus súbditos y que no prendiese la llama de la primavera árabe. El nuevo texto obliga a que el primer ministro sea del partido que haya obtenido más votos.

Así, Marruecos puede amanecer islamista el sábado, pues en las elecciones parlamentarias que celebra mañana, la fuerza favorita es el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), que apuesta por el efecto tunecino de Ennahda, el también partido islamista que ganó en ese país.

Sus mensajes se han centrado en cuestiones sociales y en la lucha contra la corrupción. Los de tipo islámico, para qué sirven, se pregunta su líder, si el pueblo es musulmán desde hace siglos. Claro que silencia las soflamas de hace años cuando sugirió playas para hombres y otras para mujeres.

Además del moderado PJD, los otros dos principales grupos que pugnan por los 325 escaños son los liberales monárquicos de Alianza por la Democracia (ocho partidos), y la Kutla Watania (tres partidos nacionalistas). De estos tres grandes bloques políticos, el único que concurre coaligado es la Alianza, con la intención de aglutinar más escaños y ser la formación indicada para que en ella el rey elija al primer ministro.

Reformas insuficientes

Pero estas elecciones anticipadas once meses no están exentas de polémica. El Movimiento del 20 de febrero apela a boicotearlas, al igual que otros tres partidos de izquierda, y la islamista radical Justicia y Caridad no reconocida, que consideran insuficientes las reformas. A esto hay que sumarle las reivindicaciones de justicia social y el fin de la corrupción. La apatía asentada en el pueblo también es otra piedra en el camino para la tradicional abstención, sin olvidar que los tres millones de marroquíes que viven en el extranjero no podrán votar, pese al descontento de la población.

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