El hombre de la pistola de oro

Gadafi era realmente un ideólogo enloquecido que se creía destinado a transformar y gobernar no Libia, sino el mundo.


Un representante del nuevo Gobierno libio trataba de explicar ayer en la cadena BBC que Muamar el Gadafi había muerto en una ambulancia a consecuencia de sus heridas en un tiroteo. Por supuesto, no era verdad. En ese mismo momento, a sus espaldas, se veían imágenes de la cañería de desagüe en la que el dictador había intentado refugiarse tratando de huir de la multitud que lo linchó. Si uno sabía árabe, podía incluso leerlo pintado sobre el cemento: «Aquí matamos a la rata de Gadafi».

Quien lo escribió quería ser irónico, porque «ratas» era como Gadafi llamaba a sus opositores. Él, que ha acabado precisamente en una cañería de desagüe de la ciudad de Sirte («Barbara Sirte», escribía Horacio en una de sus odas hace dos mil años). Los pueblos tienen a veces un sentido de la historia más acusado que sus líderes, y a menudo un sentido de la justicia más brutal.

Un líder múltiple

Es el fin de un hombre no menos brutal, de un pastor beduino humilde de orígenes y narcisista de inclinación al que el destino llevó al poder cuando no contaba ni 27 años, en las alas de un golpe de Estado, en 1969. Pero incluso en el gremio de los dictadores, Gadafi era singular porque era múltiple. Su vocación, teatral, era ser muchos: hubo un Gadafi nacionalista árabe que vestía un uniforme extrañamente similar al del Sergeants Peppers de los Beatles, el Gadafi panafricanista que parecía un imitador de Sedar Senghor, el Gadafi orgullosamente beduino que clavaba su tienda en el jardín de los hoteles de cinco estrellas. Llegó a surgir la sospecha de que se reía de sí mismo y del mundo.

Nada más lejos de la realidad. Gadafi era realmente un ideólogo enloquecido que se creía destinado a transformar y gobernar no Libia, sino el mundo. Sentado sobre un mar de petróleo se dedicó durante años a financiar cualquier organización armada de la que llegó a tener noticia: ETA, IRA, las Brigadas Rojas? No era solidaridad sino megalomanía, como si quisiese ser la versión real del «genio del mal». Ayer, un guerrillero exhibía orgulloso una pistola de oro que decía haberle arrancado al dictador. Una pistola de oro, como la del malvado de la película de James Bond del mismo título. Gadafi hasta el final.

Esos delirios de grandeza lo llevaron hasta el sacrilegio. Es cierto que su modelo inicial fue el líder egipcio Nasser, pero más tarde llegó hasta el punto de insinuarse como profeta: se hizo llamar «el mensajero el desierto» (una referencia a Mahoma), y rodeó su famoso Libro verde de las solemnidades de un libro revelado, de un nuevo Corán.

Por eso, entre otras cosas, los islamistas lo odiaban, y en 1993 estuvieron a punto de matarlo y destronarlo en un golpe de Estado fallido. La reacción del dictador fue feroz, incluso para lo que tenía acostumbrado a su pueblo: hizo matar a cientos, quizá miles de presos islamistas en la prisión de Abu Shalim. Nadie lo ha olvidado en Libia. En marzo pasado, una manifestación de familiares que pedía cuentas de ese crimen se convirtió en una revolución que finalmente lo ha alcanzado.

Y lo ha hecho en Sirte, la ciudad que él había soñado con convertir en la capital del mundo. Es ahí donde han ido a terminar los sueños salvajes del hombre de la pistola de oro: en un desagüe mancillado por grafitis y por un crimen más, esta vez con el propio Gadafi como víctima.

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