María Zambrano, la pensadora que quiso saber por qué se escribe

La prolífica pensadora recibió el primer Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981 y se convirtió en la primera mujer galardonada con el Premio Cervantes en 1988

María Zambrano, éxtasis de una palabra perdida

24/04/2017 16:57 h

María Zambrano (Vélez, 1904 - Madrid, 1991) se convirtió en una de las figuras más importantes del pensamiento español del siglo pasado gracias a su particular modo de ver la convulsa situación política que atravesaba el país y también por su forma de reflexionar sobre lo que sucedía y ser capaz de plasmarlo en sus escritos. Era joven, profesora auxiliar de la Cátedra de Metafísica en la Universidad Central y relativamente inexperta en mezclar filosofía y literatura, sin embargo eso no fue un obstáculo para que en 1934 revistas como Cruz y Raya y Hora de España se fijasen en sus ideas.

Incluso la Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset, su gran mentor, le ofreció la posibilidad de publicar en ella sus escritos. Y María Zambrano, siempre atenta a las corrientes más innovadoras dentro del pensamiento y de la creación artística y literaria, aceptó la invitación y llegó a publicar entre sus hojas nueve artículos con su firma. Con el número 132 de la publicación salió a la luz Por qué se escribe, un texto en el que reflexionaba y a la vez daba respuesta a esa pregunta y en el que dejaba entrever el carácter con el que contaría su futura obra.

Su aportación y sus logros le sirvieron de aval para recibir en 1981 el primer Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y años después, en 1988, se convirtió en la primera mujer en recibir la más alta distinción de las letras españolas, el Premio Cervantes. Pero el camino de María Zambrano hasta llegar a ese momento de reconocimiento no fue fácil.

Sus años en el exilio le valieron a María Zambrano para madurar su pensamiento, oscilando entre el compromiso cívico y el pensamiento poético e incluso sagrado. En enero de 1939, con la guerra acabada, cruzó la frontera francesa con su madre, su hermana y su marido, y algunos familiares más. No reconocía España y se marchó. Días más tarde María Zambrano puso rumbo a México con su esposo, el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, con quien había contraído matrimonio tres años antes. Al otro lado del Atlántico, consiguió una plaza como profesora universitaria y su vida se repartió entre Puerto Rico y Cuba, un ir y venir de seminarios y cursos, conferencias y ciclos en instituciones varias, y muchos artículos. Publicó allí su Filosofía y poesía y su Pensamiento y poesía en la vida española, y La agonía de Europa, sobre la guerra europea, La envidia española y su raíz religiosa, entre otros. 

El exilio cambió radicalmente la visión que María Zambrano tenía de España, de Europa y, en definitiva, del mundo. Sus textos de esta época insisten en ello. En la crisis histórica, en la esperanza en la vida. A partir de 1955, su discurso se tiñe de misticismo. Hay dolor y soledad en su obra Claros del bosque, pero desde una perspectiva general su producción sigue siendo ecléctica, sensible pero también inteligente, reivindicativa y alborotadora, pero también religiosa, espiritual.

No regresa María Zambrano a España hasta el año 1984. Pero lo hace con una desbordada energía que le impulsa a volcarse en la vida filosófica española, engendrando numerosos artículos y reeditando obras anteriormente publicadas. Murió el 6 de febrero de 1991. De ella dijo una vez el poeta José Miguel Ullán: «Al hablar, entraba en espirales vertiginosas, hurgaba en todas las heridas y, a la vez, se abría a la esperanza. Nos la hacía contemplable».

Durante su carrera, María Zambrano reflexionó en reitaradas ocasiones sobre el lenguaje, sobre el límite de lo «decible» y sobre lo «indecible sagrado». Su prosa se esmera una y otra vez en buscar la concreción, la realidad, en darle forma a un pensamiento abstracto, en realizarlo. «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que precisamente por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas. Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de una justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella se encuentra. (...) Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente (...). Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja», publicó la fértil pensadora.

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