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Lola Flores, la folclórica más internacional que «no cantaba ni bailaba» 

Hace más de dos décadas que se fue La Faraona y, sin embargo, su leyenda sigue viva y creciendo, alimentada por sus célebres frases y ese genio que la convirtió en una mujer adelantada a su tiempo

La Voz 21 de enero de 2016. Actualizado a las 19:51 h. 76

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Lola Flores nació el 21 de enero de 1923 en Jerez de la FronteraCádiz, en el seno de una familia modesta. Hace hoy 93 años. Nació con ruido, vivió con ruido y murió con ruido. La llamaron La Faraona, la Lola de España. Hasta llegó a autodenominarse la Lola de Hacienda. Pero los nombres nunca hicieron sombra a la verdadera Lola. La mujer temperamental, la de rostro hipnotizador, la folclórica que dejó huella en los libros de historia, la de la célebre cita. 

Porque, a pesar de que hace ya más de dos décadas que el cáncer venció a la mujer de duende innato inundando de pena, penita, pena a sus fans, Lola Flores sigue viva a través del mito que se labró a base de trabajo y de ese carácter que la llevó a hacer siempre lo que le dio la gana. 

Y la sombra de la Lola de España se extendió más allá de estas fronteras. Su arte la convirtió en la Lola del Mundo. Prueba de ello es el doodle que hoy le dedica el gigante de internet, que ha reservado este jueves un lugar privilegiado para Lola Flores en países tan dispares como Japón, Kenia, Croacia o Kazajistán.

Lola Flores era la mayor de tres hermanos, aprendió baile con María Pantoja y flamenco con Sebastián Núñez. Con apenas diez años, ya cantaba por los bares de su barrio junto a su padre. Y con 16, debutó sobre las tablas en la compañía de Custodia Romero, en Jerez de la Frontera. Dejó pronto su ciudad natal para viajar a Madrid. Allí le llegó el éxito más rotundo y dejó huella con su temperamento y personalidad. 

Pero Lola Flores era algo más que folclore. Lo resumía a la perfección el prestigioso The New York Times, que en el año 1979 publicitaba la actuación que la española realizaría en el Madison Square Garden con una frase que se convertiría en su mejor eslogan: «No canta ni baila, pero no se la pierdan». Ella misma lo reconocía, era una gran artista y sin embargo no era la mejor en nada. Pero antes de que España conociera a esa Lola, hubo otra. Una niña, puro espectáculo, que sí cantaba y también bailaba encima de la barra del bar de su padre.

Lola Flores, que presumía de haber aprendido a caminar bailando, empezó a conquistar al público cuando solo contaba con 16 años, edad en la que se dejó caer en el teatro Villamarta de Jerez para intentar encontrar un hueco en el espectáculo Luces de España. Al frente de la función estaba Manolo Caracol, que cayó hechizado por el duende de la que años después se convertiría en su perdición. Le concedió su primer trabajo y algo más. Caracol, casado y con hijos, se embarcó en una aventura tormentosa con La Faraona. Se recorrieron juntos todos los escenarios de España, un viaje en el que les acompañaron las interminables borracheras y alguna que otra paliza. 

Pero fue en 1939, con una España hundida en la posguerra, cuando Lola Flores comenzó a escribir su propio mito. El director Fernando Mignoni le ofreció su primer papel en la película Martingala y La Faraona se embarcó a Madrid para, durante los 56 años siguientes, ganarse la inmortalidad. Seguramente lo que más aportó a este empeño fue su temperamento, y también su personalidad, padres ambos de la prolífica prosa de la Lola de España. Fuente inagotable de frases y anécdotas, Lola Flores sobrevive en el recuerdo de aquellos que aún a día de hoy rememoran su desencuentro con Hacienda o la multitudinaria boda de su hija Lolita y su canto desesperado a la muchedumbre: «Si me queréis, irse». «Si una peseta me diera cada español...», solicitaba una lacrimógena Lola Flores que, pañuelo en mano, definía su nueva situación con otra de sus célebres citas: «Ya no soy Lola de España, soy Lola de Hacienda».

La inquieta, alegre y caprichosa Lola Flores despuntó y se convirtió en una estrella de talla internacional. A sus pies se rindió el mismísimo Gary Cooper al que dejó embobado con su tronío, y cuentan que el magnate Aristóteles Onassis intentó conquistarla al igual que había hecho con el mundo entero, con un fajo de billetes. No pudo con La Faraona: «No necesito el dinero de ningún hombre por muy Onassis que sea». Era cierto, no lo necesitaba. Y tampoco lo ansiaba. Si de algo pecó Lola Flores fue de tener la mano demasiado abierta.

Dicen que más de una noche llenó camiones enteros de juguetes para repartirlos en los barrios más pobres de la capital. Y lo que la hacía más auténtica era que lo hacía lejos de las cámaras y sin que nadie se enterara. En sus paseos, era común ver a la Lola de España abrir el bolso y agraciar a cualquier mendigo que se cruzara con nada más y nada menos que 5.000 pesetas de la época. A su mesa sentaba cada día a un puñado de gente. Conocidos y anónimos. Lola Flores, todo corazón, bromeaba diciendo que todos los días se celebraba su cumpleaños.

Fue tan grande, que a Lola Flores le surgieron imitadoras en todas y cada una de sus facetas. Porque en eso de cambiarse la edad, La Faraona fue quien sentó precedente. Sus años fueron secreto casi de Estado, generando un sinfín de mitos en todo el territorio. La Lola de España tuvo que defender con todas las artimañas que pudo -y en más de una ocasión- su edad. Y llegó hasta el final. En el año 1974 reunió a todos los periodistas que pudo en una rueda de prensa con un único fin: mostrar su pasaporte a fin de demostrar esa juventud de la que tanta gala hacía. 

A pesar de su apego a las tradiciones y a la familia, Lola Flores sigue siendo recordada como la más liberal de las folclóricas. Ella misma confesó con mucha ironía que «Virgen solo ha habido una y es la Virgen María». Tras una vida saciada de amantes, al menos así presumían las revistas de papel cuché de la época que la relacionaron con jugadores de fútbol, magnates y actores de talla internacional, La Faraona cayó rendida ante los encantos de Antonio González, El Pescaílla, cantante y guitarrista que se convertiría en su sombra y el amor de su vida. Un amor incondicional que después tendría que compartir con los tres hijos que la pareja tuvo en común. Lolita, Rosario y Antonio fueron la razón de ser de la folclórica. Hay quien dice que en alguna ocasión hasta llegó a comprarle droga a su hijo, que apareció muerto tan solo quince días después de que su madre dejara al mundo de la copla de luto.

La especial relación y la sobreprotección que también tuvo con sus hijas ha parido toda clase de leyendas urbanas que resisten a día de hoy. Dicen las malas lenguas que sobre Isabel Pantoja pesa una maldición con nombre y apellidos: Lola Flores. Y es que cuando Paquirri dejó su relación con la mayor del clan Flores para correr a las faldas de la Pantoja, La Faraona sentenció: «Ojalá que llores por todos y cada uno de los hombres que ames». El tiempo ha escrito el resto.

Lola Flores se fue el 16 de mayo de 1995, víctima de un cáncer. Llanto, luto, duelo y pena popular. Solo dos semanas después, una sobredosis acabó con la vida de su hijo, el único varón Flores, incapaz de superar la muerte de su madre.

Genio y figura.

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