«Pesadilla en la cocina»: Los mejores momentos de la primera temporada del programa de Alberto Chicote

La Voz

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El cocinero y coach se ha hecho famoso por su fuerte carácter pero también por sus coloridas camisas

09 may 2013 . Actualizado a las 14:08 h.

Alberto Chicote regresa esta noche con una nueva temporada de Pesadilla en la cocina. El programa, en el que el chef acude en auxilio de restaurantes en serios apuros, fue en 2012 uno de los programas revelación de la televisión. Además Alberto Chicote y su Pesadilla en la cocina han dado muchas alegrías a La Sexta. Ese fue uno de los motivos por los que el cocinero fue elegido para dar las Campanadas acompañado por Sandra Sabatés. Alberto Chicote auna en el programa varios perfiles: «psicológo, empresario, amigo, pero ante todo chef», como reza una de las promociones. Su carácter fuerte, un tanto bruto y lenguaraz, eclipsan a veces las buenas intenciones del cocinero, que con la mejor voluntad intenta dar sabios consejos a los dueños y cocineros de los locales que visita. El ímpetu de sus palabras y la claridad con las que las expresa contrastan con sus coloridos atuendos. Sus camisas de estampados imposibles y de llamativos tonos, han convertido su look en otra de sus marcas de identidad.

Mientras los espectadores esperan impacientes por las nuevas aventuras de Alberto Chicote entre los fogones, qué mejor ocasión para recordar los mejores momentos de la primera temporada de Pesadilla en la Cocina.

«El Castro de Lugo»

Uno de los retos más difíciles que se encontró Alberto Chicote se llamaba «El Castro de Lugo» y era un restaurante de comida gallega en el madrileño barrio de Tetuán. La cocinera de origen gallego, Cristina, que se encomendaba a los santos a la mínima y que iba a misa durante el trabajo, a punto estuvo de hacer perder los nervios a Alberto Chicote. El estado de la cocina era tal que el cocinero vomitó al verla y olerla. Pese a los esfuerzos del chef y el lavado de cara, no se pudo evitar el cierre del local antes de que se emitiese el programa. Eso sí, «El Castro de Lugo» dio al programa la mejor cifra de la temporada. En total obtuvo un 15,3 % de cuota de pantalla y 3.010.000 de personas.

El «Opila» y «La reina del Arenal»

La vista de Alberto Chicote al «Opila» y «La Reina del Arenal» en Bilbao fue tormentosa y casi violenta. El chef Chicote intentó con sus recetas habituales -psicología de grupo, reorganización de equipos, renovación de menús y redecoración de local- reflotarlos. Pero por lo visto en pantalla no encontró mucha ayuda en los propietarios, Álex y Armand, que llegaron a reconocer ante las cámaras que acumulaban una deuda de 600.000 euros. Tampoco en la cocinera Estrella, que casi llega a las manos con la Supernanny de los fogones.

Estrella mandó repetidas veces a «tomar por culo» a Alberto Chicote. Tampoco llevó con buen talante una crítica a su plato de bacalao. Según el chef, estaba seco, «cómo una zapatilla» (y también según los clientes que lo probaron). La respuesta de la cocinera fue contundente. Metió a la fuerza en la boca de Chicote un bocado.

Pero la cosa no quedó ahí. Los dueños intentaron impedir la emisión del popular programa, al que tildaron de «farsa». También llegaron a acusar a Chicote de homófobo por unos controvertidos comentarios dirigidos a uno de los dos socios, Álex Hernández. La Sexta salió al paso de las críticas afirmando que el cocinero puede ser bruto y lenguaraz, pero que «es un pedazo de pan» y recalcan que se marchó del local repartiendo abrazos y apretones de manos.

«Osaka»

Alberto Chicote acudió al auxilio de un restaurante japonés en Ronda (Málaga), regentado por un joven cocinero chino casi sin experiencia que reconoció haber aprendido a hacer sushi viendo vídeos en Youtube. Cuando entró en el «Osaka» se encontró con una familia de origen chino pero que llevaba viviendo más de 20 años en España. Al frente del local, Ángel, un joven cocinero sin apenas experiencia al que su familia le dio todas las facilidades para reconvertir el negocio familiar en su propio restaurante y que carecía, entre cosas, de madurez, humildad y autocrítica. La entrada de Alberto Chicote en el punto neurálgico del establecimiento, la cocina, también sacó de sus casillas al chef, primero porque se encontró con el pinche fumando en el almacén y después comparó la suciedad que allí había con el petróleo del Prestige.

El «Sagar»

Y en uno de los últimos retos de Pesadilla en la cocina, Alberto Chicote se encontró con un restaurante hindú «Sagar» donde al poco tiempo de entrar el cocinero que trabajaba allí lo echó. Solo le faltaba eso, que lo echasen de una cocina. Echando mano de nuevo de grandes dosis de paciencia y con la ayuda de un afamado cocinero indio con un restaurante en Madrid, consiguió concienciar a unos dueños sin experiencia en hostelería y a unos cocineros con grandes dosis de retranca y que ejercían una auténtica dictadura en la cocina.