Agapito Viñas, 75 años salpicados por un sueño celeste

El exjugador, nacido el 12 de marzo de 1942 fue futbolista, entrenador de la base y siempre aficionado de un Celta en el que las lesiones truncaron su carrera


Vigo

«Son 75 años ya, se te empiezan a agolpar tantos recuerdos...». Agapito Viñas, futbolista del Celta nacido tal día como hoy en 1942, habla con nostalgia -él mismo recurre a esa palabra- pero también con la satisfacción que quien cumplió el «sueño» de jugar en el equipo de la ciudad y de su vida. Aun cuando una grave lesión que sufrió muy joven en Vigo y que marcó el resto de su carrera le obligó a retirarse a los 26 años. Le esperaban, sin embargo, todavía muchos años de fútbol como entrenador, parte de ellos nuevamente de celeste en categorías inferiores, y sobre todo una vida entera como aficionado que disfruta cada pequeño o gran logro del equipo del mismo modo que cuando él era partícipe de ellos.

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Nacido en Vigo, la muerte de su padre con 35 años y cuando él tenía diez marcó sus inicios en el mundo del fútbol. Fueron en Madrid, a donde se trasladó la familia. «Nos vieron a mi hermano y a mí jugar en un descampado y nos vino el Parque móvil. Entrenábamos en una terraza que hacía por cuatro campos de fútbol», recuerda. Fue allí donde el Real Madrid se fijó en ellos. «Nos vino el presidente de nuestro equipo y mi hermano dijo que nos marchábamos si nos pagaban los estudios, 20.000 pesetas de ficha y 10 de sueldo. Y no fuimos». Lo harían al año siguiente. «Volvieron a por nosotros y esa vez sí. Éramos unos chavales, al llegar a casa nos pusimos a extender los billetes por la cocina y llegó mi madre, asustada, preguntando que dónde habíamos robado todo aquel dinero».

A medida que fue creciendo, Viñas tuvo ocasión de entrenar y jugar amistosos al lado de míticos madridistas como Copa, Puskas o Di Steffano. A los 18 fue cedido al Ourense en 1961 y, dos años más tarde, el sueño cumplido del Celta. Aunque terminó siendo agridulce. «Soy de Vigo y mi ilusión era jugar en el Celta, claro. Siempre ha estado por delante de cualquiera, incluido el Madrid ahora cuando juegan entre ellos», asegura. Pero al séptimo partido de celeste sufrió la lesión que lastraría el resto de su carrera. Nunca volvió a ser el mismo.

«Jugábamos contra el Santander y un tal Ramos que había jugado en el Madrid me dio una patada por detrás y me rompió los ligamentos cruzados», relata. Aunque inicialmente le hablaron de menisco. «No se sabía ni lo que era. Me operaron, pero nunca quedé bien. Con mucha voluntad jugué siete años más, pero con mucho dolor, incluso sin llegar a hacer el ángulo recto con la pierna», describe. En el que decidió que fuera su último partido, el sufrimiento se volvió ya insoportable. «Le dije al masajista, Santomé, que me infiltrara y él me decía que le dijera al entrenador que no jugaba, pero entonces no podías hacer eso. Aguanté 20 minutos y me fui a una banda. No había cambios. Villar me dice: '¡Joder, Viñas!'. Le mandé a la mierda. No aguantaba más y supe que era el momento de dejarlo».

Fue el final de una carrera que pudo haber terminado en el Real Madrid -«me estaban siguiendo», asegura-, pero que en siete temporadas en Vigo le dejó también muy buenos recuerdos. «El mejor es el ascenso que conseguimos después de diez años en el 69. Fue una gran alegría. La espina fue no poder debutar en Primera y ver cómo después de dejarlo hay muchos que si te ven no te hablan, directivos que ya no te conocen. El fútbol es muy ingrato», lamenta. Aunque recalca que tuvo oportunidad de enfrentarse a equipos de la máxima categoría en Copa y recuerda especialmente un gol que anotó al Atlético de Madrid.

Pese a la agria retirada, luego lo quiso vivir desde los banquillos. Más de 30 años dirigiendo equipos entre los que estuvo el filial del Celta en tres etapas diferentes. «Estuve a punto de entrenar al primer equipo y hubiera sido bonito, pero al final no cuajó. Tuve a jugadores que llegaron arriba como Alvelo, Lema, Miguel Ángel, Gustavo… Muy buenos chavales técnicamente y muy responsables también». Desde ese otro lado fue testigo directo de la evolución del mundo del fútbol entre sus años en activo y la actualidad. «Recuerdo aquellas botas de cuero que cuando hacía frío casi te rompías un pie, o si tirabas un córner y te descuidabas se quedaba a mitad de camino. También aquellos campos encharcados, nada que ver con los actuales, o los cocidos que nos daban cuando nos concentraban para comer, porque no se cuidaba ese aspecto ni se controlaba el peso como ahora. Por no hablar de los viajes, ibas a Barcelona y tardabas tres días. ¡Y que no cogieras un camión del pescado, porque no podías adelantar y te eternizabas aún más!».

A día de hoy, sigue recibiendo cariño por la calle. «El otro día iba con mi hijo, nos paran y le dicen: ‘Tu padre en aquellos tiempos era más famoso que El Corte Inglés’. U otro que me paró para decirme que venía de Ribadavia para verme jugar. Son cosas bonitas que te quedan». Como los cinco álbumes repletos de recortes y recuerdos que guarda en casa. «A veces hasta prefieres no verlos…», admite. Lo que no perdona nunca es un partido del Celta. «Me encanta Guidetti, y Sisto también. El Celta ha fichado muy bien y creo que eliminarán al Krasndoar. Quizá el problema pueda ser la acumulación de partidos que están teniendo», analiza.

Alejado ya del mundo del fútbol más allá de la faceta de aficionado, mantiene el vinculo con la Agrupación de Veteranos, en cuya fundación participó y en la que conserva grandes amigos. Quizá el futuro pase por su nieto de un año. «Le inculcamos el celtismo, claro. Al final lo que ven en casa, así es como serán de mayores, a nivel de disciplina y de todo. Este aún no habla, ¡pero nada más que quiere el balón!». Parecido a su abuelo hace ya 75 años.

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