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El bloguero que no temió el tiroteo en la favela

El pontevedrés de 41 años dejó hace tres su trabajo en una asesoría para dedicarse a viajes y gastronomía


pontevedra / la voz

Si normalmente es la vida la que va haciendo a uno a medida que va tomando decisiones, en el caso de Alberto Ribas, fue al revés. Al menos, la primera parte de su vida. Hasta los 38 años, para ser exactos. Fue el momento en el que decidió dejar todo lo que había ido construyendo por inercia durante décadas y volver a empezar. De cero y creando su propia vida desde el principio. Fue el día que se preguntó si realmente era feliz y si hacía lo que realmente quería hacer. Fue el día que la respuesta fue no.

Ribas Álvarez no tiene miedo a perder el trabajo y buscar otro. «Siempre saldrá alguno, si no es de camarero, será vendiendo algo. Soy optimista», resume. Y tiene razón. Porque lo cierto es que, aunque pasó por todos esos empleos temporales mientras era estudiante, el que determinó gran parte de su historia fue el de asesor de empresas. El de dependiente de una droguería en la que tenía que vender, entre otras cosas, maquillaje, le sirve para bromear, pero fue en una asesoría en la que pasó más horas de su vida. Tantas, que decidieron, sin él ser consciente del todo, su futuro.

Tras todos esos trabajos con los que cubría sus gastos de adolescente, el empleo a media jornada guiando a empresas en el tema de personal lo llevó a abandonar su idea de ser veterinario para matricularse en Relacións Laborais. Sí, nada que ver. Lo sabe. En su familia, aunque cargados de retranca, siempre se respiró cultura, política y responsabilidad. Así que se sacó la carrera y continuó escalando en la asesoría hasta convertirse en jefe de departamento. De Personal.

Doce años estuvo aconsejando a firmas de todo tipo de actividades económicas. Hasta que llegaron las crisis. Las dos: la económica, que redujo la cantidad de clientes; y la personal. Pensó: «O dejo de hacer esto o me vuelvo loco». No era lo que quería, no era lo que le gustaba y todavía era joven. ¿Y qué era lo que le gustaba?

Aquello que le robaba gran parte de sus horas libres desde hacía siete años. Descubrió que cada vez que volvía de un viaje los conocidos le preguntaban sobre los sitios, sobre qué hacer en ellos, dónde comer y qué hacer. La cultura gastronómica y enológica la llevaba puesta de casa, de modo que, aunque le reste importancia, contaba con una base importante. Además, sin darse cuenta comenzó a sacar fotos de las vistas desde todas las ventanas por las que viajaba, de hoteles, barcos, trenes, etcétera.

El blog de viajes y gastronomía que había abierto funcionaba cada vez mejor. Entonces habló con su familia, con sus jefes, y dejó el trabajo para dedicarse a dar consejos sobre viajes. Y gastronomía. En realidad, sobre las dos cosas, pero por separado. MáisGrelos está más centrado en Galicia y Portugal, y MisterFoodstyler, en viajes. «Una de las cuentas que tengo en Instagram tiene casi siete mil seguidores. Pero reales», matiza, aclarando que es frecuente en las redes sociales comprar aficionados que, en realidad, solo abultan la cifra para dar más prestigio a un autor. «Pero si no son reales, estás vendiendo humo», critica. Él no tiene interés ni en inflarse de algo que no es, ni en sentar cátedra. Por ejemplo, Alberto no publica nunca críticas duras o demasiado negativas: «En un restaurante te puedes quejar de la calidad o de la atención, pero echar por tierra el trabajo de un equipo de veinte personas porque un camarero tenga un día malo, no me parece justo».

«Cuando se trata de un viaje promovido por una oficina de turismo o un ente público -explica-, es difícil que no te guste algo, porque lo tienen todo muy bien organizado y te enseñan siempre cosas interesantes, pero si algo no me convence, lo obvio». El objetivo es sencillo: dar ideas a los viajeros sobre qué ver y hacer en sus destinos, «pero de una manera relajada; no se trata de un viaje multiaventuras, de estar todo el día con el timing en la mano», matiza.

Nada que ver con aquel viaje que hizo para visitar a su prima de Río de Janeiro en el que la acompañó a una favela y presenció un tiroteo. «Para ellos es el día a día, así que ya sabes que cuando empiezan los tiros tienes que echarte al suelo y cuando terminan, levantarte. Fue algo anecdótico». No le da importancia, y solo lo cuenta para explicar que, incluso ese, es un destino al que volvería. De momento, no ha tachado ninguno de su lista, aunque sí destaca tres de los más lejanos, porque confiesa que él es muy de Galicia y Portugal: el sur de la India, Argentina y Brasil.

También tiene una advertencia para todos aquellos que crean que ser bloguero o community manager -a ello se dedica profesionalmente hasta que, en un futuro que todavía ve lejano, pueda vivir de sus diarios digitales de viajes- no es un trabajo: «Siempre digo que prueben, que es gratuito. Le pedí a diez amigas cuando iban de viaje que fueran mandando alguna foto, y no lo hizo ni la primera aún. No es tan fácil como parece. Tienes que elegir las fotos y exprimir todos los lugares al máximo». Es lo que hace él la media docena de veces que viaja al año o es elegido jurado gastronómico.

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