Imagen:Martín Millán Torrado muestra una de las aulas y uno de los pianos con los que ensayaba Asunta Basterra en su academia.

Asunta se matriculó en cuarto de piano nueve días antes de morir

Su maestro de grado medio, Martín Millán, destaca la madurez de una alumna que sobresalía por su aprovechamiento de las clases


santiago / la voz

Asunta Basterra Porto tendría que haber asistido a su clase de piano ayer por la tarde -como cada martes, de 18.30 a 19.30, y cada lunes, de 19.30 a 20.30- con el maestro de maestros Martín Millán Torrado (Vilaxoán, 1943), que dirige la academia que lleva su nombre en el número 11 de la calle Curros Enríquez, de Santiago. Pero ayer eran otros los dedos infantiles que, tutelados por Millán, pergeñaban el borrador de lo que, en junio, sonará fielmente a los preludios y fugas que Johann Sebastian Bach compuso «para la práctica y el provecho de los jóvenes músicos deseosos de aprender y para el entretenimiento de aquellos que ya conocen este arte», tal como anotó de su puño y letra el compositor alemán en la partitura original de Das wohltemperierte Klavier (Clave bien temperado). Precisamente, si por algo destacaba Asunta Basterra era por sus deseos de aprender, por el aprovechamiento de las clases y por una evolución magnífica que apuntaba las maneras de una gran pianista.

Muchas actividades

«Conmigo estudió tres años y ahora empezaría cuarto de grado medio», relata el maestro, que aporta un dato que, como tantos en este caso terrible, encaja mal con la explicación de un asesinato premeditado por quienes más deberían quererla: «Vinieron el día 13 de septiembre [nueve días antes de encontrarse su cadáver] a matricularse, fue mi hijo el que los atendió. Querían confirmar el horario porque la niña hacía muchas actividades y había que encajarlas todas». Justo después, Martín Millán mueve la cabeza hacia los lados y dice que, como discípula, la pequeña Basterra Porto «era magnífica, como me gustan a mí los alumnos, pero yo veía una dificultad: que hacía demasiadas cosas». Aún así, sostiene, «con una pequeña dedicación obtenía un gran rendimiento».

Asunta recibía clases individuales del maestro Millán, «es el sistema ideal -defiende su profesor- es la mejor manera de aprovechar el tiempo». De los tres años que la tuvo como pupila recuerda especialmente «su capacidad de concentración, traía su materia y venía a eso». Y vuelve a negar con la cabeza cuando se le pregunta si, en algún momento de la clase, les quedaba tiempo para hablar de asuntos extramusicales. «En absoluto», dice.

Al principio, Asunta acudía acompañada, sobre todo de su padre, a la prestigiosa academia de la calle Curros Enríquez. Pero durante el último año venía sola, llegaba antes de tiempo y esperaba en la puerta a que llegase la hora. «Era muy madura», insiste Millán.

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Caso Asunta