La tragedia volvió a planear sobre los arenales coruñeses la pasada madrugada. Unos jóvenes universitarios cavaban hoyos por una novatada ajenos a lo que estaba ocurriendo. Pero él lo vio. El hombre que le salvó la vida a una mujer de mediana edad, que estuvo a punto de ahogarse en Riazor ?aunque luego trascendió que se trató de un intento de suicidio?, estaba en su casa, que da al paseo marítimo, cuando se sucedieron los hechos. Este coruñés, que prefiere mantenerse en el anonimato, señaló que realmente fue su madre quien le salvó la vida a la mujer, porque fue ella quien estaba mirando por la ventana y lo avisó de que había una persona «en muy malas condiciones que había dejado el bolso encima de la silla del socorrista y que tenía intención de meterse en el agua».
No lo pensó. Se vistió con lo primero que encontró y antes de lanzarse escaleras abajo alertó a la policía. Cruzó corriendo el paseo marítimo hasta la orilla, según relataron varios testigos, y cuando llegó al agua se encontró a la mujer flotando «totalmente inconsciente». La cogió por los hombros y la posó sobre la arena. Le practicó los primeros auxilios, «los que sabe todo el mundo por cultural general: un masaje cardíaco y la puse de lado».
En cuanto la mujer comenzó a recuperarse, aparecieron en la zona varias patrullas de la Policía Nacional. Mientras, el grupo de universitarios seguían ajenos a lo que estaba ocurriendo. Solo se percataron de la situación cuando los agentes los invitaron a abandonar la playa. Varios testigos que presenciaron la escena desde sus casas destacaron que las luces del paseo marítimo se apagaron mientras trasladaron a la mujer a la ambulancia, por lo que los agentes se movieron por la playa guiados por la luz de sus linternas.
No tuvo mucho tiempo para pensar porque todo pasó muy rápido, pero confiesa que los hechos sucedidos la noche del lunes le trajeron a la memoria la tragedia ocurrida la madrugada del pasado 27 de enero en el Orzán, donde fallecieron tres policías nacionales mientras intentaban rescatar del agua al joven eslovaco Tomas Velicky. «Claro que sí. Sobre todo porque desde donde vivo yo veo toda la playa y todavía recuerdo el ruido de los helicópteros de aquella noche», asegura.