testimonio

Una mujer con cáncer y párkinson vive con su hija y su yerno en un Seat Panda

Rechazaron la ayuda de los servicios sociales porque solo le daban cobijo a la enferma, y no se quieren separar

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Montserrat tiene 51 años, acaba de superar un cáncer, tiene la espalda destrozada, un párkinson que ya no le deja ni ponerse en pie, y los bolsillos vacíos. Pero eso es lo de menos. Lo espantoso es que vive en un Seat Panda. La radiografía del coche es terrible. Acurrucada junto a ella duerme su hija. Y en el asiento de delante, el novio de esta. No se pregunten cómo, pero ahí también le hicieron hueco a un perro. Van de un lado a otro como un velero sin rumbo, allá donde lo lleva el viento. Como han hecho siempre. La señora lo ha pasado mal toda la vida. Ha tenido hasta que venderse. Cuenta que vivía con un hombre que la maltrataba y hace dos semanas, así como está, la puso en la calle. La joven que ahora la cuida, con lo que vio en casa, ¿qué esperaban? ¿A Madame Curie? No, terminó haciendo exactamente lo mismo que su madre.

Esto no es una crónica más de cómo la crisis se ceba con una familia. Esta gente está en crisis desde el vientre. Tampoco critican a las Administraciones. De hecho, los Servicios Sociales del Ayuntamiento de A Coruña ofrecieron cobijo y cuidados a la madre enferma en una casa de acogida. El problema es que su hija no la quiso dejar. Dice que su madre necesita que alguien la atienda día y noche y, además, quiere estar junto a ella «los días que le queden de vida». ¿No sería mejor para esta mujer vivir bajo el amparo de una institución y no bajo el techo de un Panda?, ¿aunque fuese apartada de su hija? No se lo digan a la chica, que se pone hecha una fiera. Dice que de su madre no se separa, y punto. Que tal como está, apartada de su otra hija de 13 años «que se quedó viviendo con el padre», «con una gran depresión» y «muy enferma», su destino es «estar con ella». Llueva o escampe.

Malviviendo

Así andan, malviviendo, pasando el día de allá para acá. No duermen nunca en el mismo sitio. «Vamos cambiando, buscando aparcamientos en zonas tranquilas». Cuando encuentran un hueco, meten sus enseres bajo el coche y extienden un trozo de colchón en la parte trasera, donde duermen madre e hija. El hombre lo tiene peor, pues los asientos no se reclinan. Parecen banquetas y «así no hay quien pegue ojo» en toda la noche. «Se queda dormido de pie», cuenta su compañera, que no acepta que nadie le dé limosna. Entonces, ¿qué es lo que quieren? Antes de nada, «que nos alquilen un piso para vivir juntos y poder cuidar bien a mi madre». Tienen dinero para pagarlo. Su novio cobra el paro, y su madre, la pensión mínima. Pero no hay pensión que los reciba. Es verlos aparecer, con ropa de 20 días, y cerrarles las puertas.

El yerno abre la puerta del Seat Panda en el que vive con su mujer y su suegra. gustavo rivas