Buenos inquilinos y pagadores. Así los describía la propietaria de la pensión en la que llevaban Marcos y Antonio los dos últimos meses pernoctando. «Entraron xuntos e morreron xuntos», aseguraba ayer con tristeza y todavía sorprendida por los acontecimientos luctuosos. Su marido los halló muertos por la mañana, cada uno en su cama, uno desnudo y otro todavía con la ropa de la calle, con la luz y la televisión apagada y con sus pertenencias correctamente colocadas. Sin ningún rastro que pueda esclarecer qué provocó su fallecimiento, que despejará la autopsia.
Llamaron a la policía para informar de los hechos y esperaban que fueran ellos quien avisaran a las familias, de las que en la pensión nada sabían, más allá de lo que ponían las fichas de inscripción.
Otra inquilina del hostal reconocía que no eran conflictivos, que siempre se mostraron amables cuando coincidían en las zonas comunes y solo resaltaba que Marcos era más hablador. La última vez que lo vio fue el jueves, alrededor de las tres y media de la tarde, cuando un amigo lo llamó al timbre y bajó con una cerveza a hablar con él tras despedirse.