Un hombre fue condenado a tres meses de prisión por permitir que su hija no acudiese regularmente a clase. A la jueza no le valieron las excusas de la menor, una adolescente coruñesa que hoy tiene 17 años. En el juicio, explicó que su padre no tuvo culpa alguna de su absentismo escolar, que la única culpable era ella, que daba media vuelta cuando la dejaban en el colegio porque lo pasaba muy mal, porque sus compañeros no paraban de insultarla y mofarse de ella. «No iba porque me llamaban gorda y gitana», afirmó, exculpando así a su familia, a la que ahora condenan por «no cumplir los deberes inherentes a la patria potestad», al permitir que su hija se quedara jugando en la calle en lugar de ir a clase.
Según se apunta en la sentencia, el padre de la menor, que fue escolarizada cuando cumplió los 10 años y con 14 todavía estaba en primaria, debió de hacer lo imposible por solucionar el problema que tenía su hija. «Aunque resulten intolerables los insultos que la menor recibía por parte de compañeros, esto no exime al acusado de su obligación de velar por el interés prioritario de su hija y de procurar que esta fuese al colegio, solicitando incluso ayuda a los Servicios Sociales para que pusieran fin a la situación que atenazaba a la menor», explica la jueza.