Eco, vacío y viajes a ninguna parte en la terminal vieja


santiago / la voz

La terminal vieja de Lavacolla es un cadáver gigante. Desde ayer de madrugada, el único que viaja a alguna parte es el pato Lucas de la máquina de retratar niños, junto al fotomatón. Solo cuando uno ya ha pisado las nuevas instalaciones repara de verdad en lo desactualizado que se había quedado el edificio, más propio de los tiempos de los Roper que de los tiempos de ahora, con ese inquietante suelo de piedra verde... Y esos bolardos para no aparcar en la entrada esculpidos a imagen y semejanza friki ¡de la torre de control! Un aeropuerto oscuro, caduco, amortizado.

La sensación que tiene uno al entrar en el recinto es extraña. Quizás lo más raro es el eco. El eco y la zona de facturación vacua, donde el que suscribe y el que retrata no pueden evitar dar rienda suelta a un viejo sueño: pesarse las carnes en las cintas donde se entregan las maletas sin que una señora con pañuelo te llame al orden. Y fantasear con que atraviesas la puertecilla de los equipajes precintado y acabas, extraviado, en Tombuctú, junto al río Níger.

Sobrecoge el silencio escrito de los carteles de salidas y llegadas que anuncian vuelos tan retrasados que ni salen ni llegan a ninguna parte. ¿Adónde vamos hoy? ¡A la porra! Ya no hay gente, ni locos, ni prisas, ni risas, ni niños con mocos. ¡Pasajeros, al Freire! En la joyería Galicia embalan los últimos bártulos y en la cafetería, como si hubieran detonado una bomba de neutrones, un cartel le dice a nadie: «Pida aquí o seu prato quente». Uno mira al desfibrilador portátil, pero es inútil; al viejo aeromuerto se le paró el corazón. Para siempre. Piiiiií.

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