«Nadie sabe dónde puede acabar»

Una pareja coruñesa lleva tres años en la calle porque la pensión no les llega para pagar una habitación. Desde hace dos meses su hogar está bajo una rampa


«Nadie sabe dónde puede acabar. Mira las Torres Gemelas... ¡Qué altas eran! Y mira cómo cayeron. Bastaron solo unos segundos... Escupí para arriba y me cayó encima». Ramón (nombre falso porque no quiere que sus hijos se enteren de que vive en la calle) habla con conocimiento. Hace cuatro decenios, cuando cogió por primera vez el volante de un camión, nunca hubiera pensado que acabaría viviendo, con 66 años, bajo la rampa de subida hacia el portal de un edificio del coruñés barrio de Elviña.

Ahí se ha instalado hace unos dos meses este burgalés junto con su compañera, una coruñesa de 48 años con la que convive desde hace más de cinco. En la calle llevan ya tres años. Pero el cielo es el único techo que pueden pagar con una única pensión de jubilación, la de un camionero retirado. «No te voy a decir cuánto cobro, pero es pequeña, muy pequeña. No llega para dos, pero no voy a pedir. Nunca pensé que pudiéramos acabar aquí», comenta. Su compañera no cobra nada, ni la Renda de Integración Social de Galicia (Risga), una ayuda que le denegaron dos veces. «Con esa ayuda podríamos pagar una habitación y luego con lo que gano tendríamos para comer y los pequeños vicios», explica.

Ramón repasa su vida, mientras descansa sentado sobre una colcha que cubre unos cartones que lo aíslan del suelo. Como respaldo utiliza una maleta negra, con ruedas, que halló en un contenedor. Recuerda sus años en la carretera. «Conozco toda Europa, y de España y Galicia, rincón por rincón».

Antes de vivir en Elviña se habían instalado en una calle ciega que hay junto a la estación del ferrocarril. «Teníamos todo muy curioso allí, incluso teníamos unos plásticos que cortaban el aire, pero Dolores [también nombre ficticio] estuvo enferma, en el hospital, y al volver alguien había quemado aquel rincón. Nos quedamos con lo puesto. Por eso tuvimos que mudarnos aquí», comenta.

Vida cotidiana

El pequeño espacio que han ocupado está muy limpio. «No queremos molestar a nadie», dicen. En una botella tienen el jabón para lavar cacharros, una pequeña lata hace las veces de cenicero y en otra esquina guardan lejía para desinfectar. Como escoba utilizan una rama. Para ducharse utilizan el servicio del albergue o, a veces, los dejan asearse en una gasolinera que hay cerca. En un lateral de su pequeño hogar, perfectamente dobladas, guardan cuatro mantas. Son el único escudo que tienen estos días contra el frío. «A ella -por su mujer- las bajas temperaturas le están afectando bastante, aunque los vecinos se preocupan mucho y nos preguntan: ¿queréis alguna más? Incluso hay alguno que pasa por la mañana y nos da algo para que vayamos a tomar un café caliente. En Navidad nos trajeron de todo», comentan.

Ahora aguardan ayuda. Ayer, explican, un joven de la Cruz Roja fue a verlos. «Está viendo cómo tramitar la Risga y buscando un lugar en el que podamos vivir». Es su esperanza.

Votación
62 votos