«¿Morir con las botas puestas? Se me están gastando las suelas»

No se apea de la escena, en ello le va la vida. A sus 87 años Alterio encarna en «El padre» a un enfermo de alzhéimer que evita conmover pero no lo consigue

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02/06/2017 05:25 h

Enfrentarse a los fantasmas propios no es un mal modo de ahuyentarlos. Héctor Alterio aborda por primera vez en teatro el drama del alzhéimer. Ya lo había hecho en dos ocasiones en el cine, en Amanecer de un sueño y en El hijo de la novia. En esta ocasión, y bajo la dirección de José Carlos Plaza, el actor argentino de 87 años se echa a la espalda un personaje poliédrico, como la propia enfermedad, que transita entre el drama y la comedia, entre el dolor y el surrealismo, planteando de cara al espectador un juego de luces y sombras en el que, como el propio protagonista, nunca se sabe muy bien si aquello que ve es realmente lo que parece.

-Ya ha representado más de cien funciones de «El padre», ¿cómo lleva lo de las giras?

-Con mucho respeto y en alerta. Mi intención siempre es que no se noten las 110 funciones anteriores. Que el espectador que se moviliza para venir a vernos y paga una entrada de la que nosotros vivimos sienta la función como un estreno.

-Supongo que es una función dura en el sentido de que le sitúa frente a sus propios miedos.

-Sí, claro. Que un día me falle la memoria, que pierda la cabeza o que no pueda valerme por mí mismo es lo que más miedo me da. El alzhéimer es una enfermedad horrible. La sufren más los que están alrededor que el enfermo.

-El enfermo incluso puede generar cierto humor.

-Sí, por supuesto, y en esta función hay mucho humor. El protagonista dice cosas tan extraviadas e inesperadas que no puedes por menos que reírte. Él tiene sus trampas. Porque ve, escucha, ama, odia... Aunque de forma desordenada.

-¿Qué le da pena perder con el paso del tiempo?

-Me da pena que pasó muy rápido, querido, muy rápido. La única ventaja que tengo es que no sé en qué momento va a terminar y eso me obliga a seguir haciendo el camino por mi cuenta.

-¿Y lo de morir con las botas puestas?

-Se me están gastando las suelas de esas botas. Ya estoy pisando con las plantas de los pies. Y aquí sigo.

-¿Ya solo el teatro le reconforta?

-Es que no tengo otra. Antes tenía muchas ofertas de cine, ahora no. Pero si me das a elegir me quedo con el teatro. Me mantiene vivo y me hace sentir patrón de mi trabajo.

-¿Confiaba en que a estas alturas de su vida el teatro aún le concediese estas satisfacciones?

-Llevo 70 años como actor profesional, sigo enamorado de mi profesión y vivo de ella. No podría vivir de la jubilación porque es ínfimo lo que nos pagan.

-Usted que siempre ha sido un tipo elegante, esta obra se la pasa en pijama.

-Es muy cómodo. Yo siempre he odiado tener que cambiarme entre una escena y otra. Aquí me pongo el pijama al entrar y me lo quito cuando termino. Es algo maravilloso.

-En esta obra es «el padre». Para mucha gente joven usted no es sino el padre de Ernesto y de Malena...

-Y con mucho orgullo. Quise impedir que se dedicaran a esto, pero cuando ya pudieron decidir por sí mismos y lo hicieron confié en su trabajo y en la suerte. Y hoy los dos son maravillosos como personas y como actores.

-En una ocasión me dijo que de mayor quería ser Carlos Gardel. ¿Cómo lleva ese tema?

-Sigo pensando lo mismo pero aún me falta la sonrisa [se ríe]. Sinceramente, lo tengo como un faro que me ilumine pero creo que nunca lo conseguiré.

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