­El desenfreno de Uber

Acoso, prácticas que rozan la ilegalidad, sexismo, discriminación. Su agresiva cultura corporativa sumerge al servicio de transporte privado en una pantanosa crisis de imagen que va más allá de la guerra con los taxistas.

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Redacción / La Voz 26/03/2017 04:00 h

«Las creencias que han guiado mi carrera son incompatibles con lo que he visto en Uber». A Jeff Jones no le gustan los conflictos. Así que el lunes pasado, fiel a sus convicciones, remitió un escueto comunicado al portal Recode en el que hacía pública su renuncia a la presidencia de la red de transporte. Acababa de enterarse de que su director ejecutivo, Travis Kalanick, llevaba un tiempo buscando un número dos a sus espaldas. El calculado desplante y posterior espantada es solo la última polémica de una nutrida lista de líos que amenaza con lesionar crónicamente la imagen de la compañía.

El más ruidoso lo desató el mes pasado la ingeniera Susan Fowler, extrabajadora de Uber desde diciembre. Cuando ya lejos de la empresa decidió confesar vía blog los motivos de su salida, redactó un texto largo, en el que con todo lujo de detalles repasa la cultura del desenfreno no solo practicada, sino también permitida y hasta fomentada desde las más altas cúpulas de la multinacional. Por su exposición y por un extenso artículo del New York Times, supimos que Uber estimula la competición agresiva, la obsesión por la calidad, la rivalidad feroz, la intimidación y el entusiasmo excesivo. Este padrenuestro le permite, con la única y solemne excusa de mantener en forma el negocio, hacer la vista gorda con comportamientos mezquinos como amenazas o descalificaciones homófobas, casos de acoso sexual y discriminación. Y así, la gran enemiga de los taxistas ni desaloja sillones, ni condena vicios si los implicados son rentables o si pertenecen al «equipo A», ejecutivos cercanos a Kalanick.

El tema del sexismo es especialmente recurrente cuando Uber sale en la conversación. Mucho antes de la confesión de Fowler -proposiciones indecentes a través de chats corporativos, quejas ignoradas por los departamentos de recursos humanos-, una campaña publicitaria lanzada en Lyon en el año 2014, con varias modelos en ropa interior como reclamo -«acompañantes calientes»-, encendió todas las alarmas. Las críticas no tuvieron piedad. Tanta sal echaron sobre la herida que la compañía llegó a plantearse -según reveló BuzzFeed- crear un equipo de investigación para husmear en los trapos sucios de determinados periodistas.

Kalanick pidió perdón cuando el asunto se hizo público, pero los medios, ofendidos, ya habían afilado los colmillos. Se supo entonces que los directivos de Uber podían consultar en cualquier momento la geolocalización de sus clientes, se filtró un manual dirigido a sus conductores para sabotear a su principal rival, Lyft, y hace tres semanas se hizo público un vídeo de su CEO discutiendo sobre tarifas con uno de sus conductores, acaloradamente y sin rastro de respeto.

Días antes, la empresa de transporte norteamericana recibía una denuncia nada más y nada menos que de Google. El gigante de Internet aseguraba haber sido víctima del robo planificado de secretos, en concreto de su tecnología de coches de conducción automática. 

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