Nos olvidamos del sol


Somos animales diurnos, estamos hechos para vivir de día y dormir de noche. Simplemente por diseño el momento para despertarnos es el amanecer y tendríamos que irnos a dormir cuando llega el ocaso. En nuestro vocabulario aún queda mucho de esto. Mediodía sería el momento en el que faltan tantas horas para la noche como horas han transcurrido de día, media tarde un punto intermedio, entre mediodía y la puesta de sol y así. Durante una gran parte de la historia de la especie humana miramos el Sol para organizar nuestra agenda, pero los últimos siglos han traído grandes avances como la luz eléctrica y los relojes. En ese momento quizás empezamos a olvidarnos del Sol, ya no era necesario para ver, ni para estimar en qué parte del día estamos. Para estructurar nuestras actividades y hacer horarios se dividió el día en horas y pusimos 24 muescas en los relojes. Para aprovechas las horas de luz a las doce horas se las hizo coincidir con el mediodía solar, de esta forma se intentaba conciliar el reloj con el ritmo diurno natural. Pero el Sol es caprichoso y no sale ni se pone siempre a la misma hora, por estar, ni está siempre en las mismas horas en el cielo. Si ponemos una hora fija de reloj para nuestra entrada de trabajo habrá épocas en las que iremos totalmente de noche y otras desaprovecharemos horas de durmiendo, el reloj está condenado está al desajuste con el cambio de la duración del día que producen las estaciones. Aquí aparece le horario de verano permitiendo ajustar el reloj con el Sol. Es una buena solución, permite levantarse siempre con el día y aprovechar las horas de luz. Usado adecuadamente el horario de verano es lo más natural del mundo. El problema aparece cuando el cambio de hora no está bien ajustado en un territorio grande. Entonces pasa lo que padecemos en Galicia. En diciembre el Sol sale casi a las nueve de la mañana y vamos a trabajar de noche. En verano todo lo contrario, tenemos día hasta casi las once de la noche. 

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