| A. B.

Así votan todavía los muertos

Los fallos del sistema electoral no se han corregido y se permite el envío de sufragios de emigrantes fallecidos


El voto de los emigrantes sigue teniendo sus agujeros negros. Lo comprobó La Voz en junio del 2005, ante las elecciones municipales, cuando constató cómo se podía emitir desde Buenos Aires el sufragio de una persona muerta sin problema alguno. Se trataba de la papeleta a nombre de Hermesinda Dapia, que remitió su nieta, Patricia Laura Martínez, para la Junta Electoral de Ourense. Lo hizo en una oficina posta bonaerense sin exigencia de ninguna identificación. No contabilizó porque la familiar aprovechó para meter dentro del sobre, vacío, la carta de defunción de su abuela. El hecho lo calificó el Bloque de «arrepiante», y PP y PSOE, aún coincidiendo en minimizarlo, aprovecharon para descalificarse.

Veinte meses después, la historia de Hermesinda tiene una segunda parte. Es la de su marido, nacido en 1912 en San Vicente, en el ayuntamiento ourensano de Verea, y finado el 4 de septiembre del 2005 en Hurlinghan, en la provincia de Buenos Aires. Su hijo Antonio y su nieta Patricia comunicaron de inmediato su fallecimiento al Consulado de España en Argentina. «Tomamos nota y haremos el trámite correspondiente para darlo de baja en el CERA», fue la respuesta que recibieron. Es decir, que se darían los pasos para borrarlo del registro electoral de residentes ausentes. La familia no quería pasar por el trance una segunda vez tras la experiencia con Hermesinda.

Pero fallaron en la previsión. El lunes 25 de febrero el cartero dejó en su domicilio de la calle Coraceros, en Hurlinghan, un sobre amarillo de la autoridad electoral con la etiqueta blanca con su nombre, añadiendo además el concello (Verea) a su nombre por error.

El proceso

La Voz repitió de nuevo el mismo procedimiento de junio del 2005: recorrido hasta el cementerio en el que reposa Manuel, a unos metros de la lápida de su esposa Hermesinda, para contrastar la situación.

Hubiera bastado abrir el sobre, escoger los votos pertinentes a senador o diputado, poner cada uno de nuevo en el sobre, seguir las instrucciones adjuntas y llevarlo al correo para demostrar que hay muertos que siguen votando en los procesos electorales de España. Pero en esta ocasión, y por respeto a la memoria del finado, los familiares optaron por no completar el proceso electoral, como ya hicieron en el 2005. El recuerdo fue más poderoso que volver a poner en evidencia el sistema.

Con fecha 1 de diciembre del 2007 se cerró el CERA para poder votar en los comicios del 9 de marzo. El propio Gobierno, en diferentes comunicaciones, ha aseverado que se está llevando a cabo una depuración del censo. «En conjunto, hemos dotado a nuestra Administración electoral de más medios para poder darle más fiabilidad al CERA», proclamó en el Senado, el 18 de abril del 2007, el propio ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. El miembro del Ejecutivo aseveró que ha «disminuido» el número de electores en ese censo nacidos antes de 1919: eran el 6,7% del total en el 2001 y ahora suponen menos del 3%.

«¿A cuántos gallegos de Sudamérica ya fallecidos le estará llegando la documentación para votar?», se preguntaba la nieta de Manuel y Hermesinda con el sobre del primero en la mano. «Porque -añadía- muchos de ellos son gente muy mayor y aquí en Argentina hay un dicho sobre los políticos: piensa mal y acertarás». Esta descendiente de gallegos aprovechaba la situación para volver a reclamar el establecimiento de unas garantías para el voto de aquellos «que tuvieron que dejar físicamente su tierra, pero que jamás la olvidaron».

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