En la frontera

El enredo de la madeja


La corrupción es como un ovillo al que se le pierde el hilo: se tira de las esquinas y se acaba con la madeja enredada de tal manera que ya no se sabe lo que se tiene en la mano. Es el resultado deliberado de la estrategia de la confusión empleada por los implicados para tratar de camuflar sus responsabilidades. A falta de una estadística completa y fiable, el Consejo del Poder Judicial informaba hace poco de que en quince meses, desde julio del 2015, se habían abierto 166 causas por corrupción con 1.378 investigados, y que en ese mismo período se habían dictado 399 condenas. Cifras suficientemente elocuentes. Y en la mente de todos están escándalos que extienden la mancha de la corrupción por toda España y salpica a todos los partidos que han ocupado poder.

La mancha enfanga a todos, pero conviene no perder la perspectiva ni dejarse engañar por la estrategia del calamar de quienes extienden la tinta para intentar tapar los pecados ajenos con los de los demás. Pero cada uno debe pagar por los suyos. Por lo que ha hecho y por lo que no ha hecho para evitarlo. Tampoco es de recibo esconder las responsabilidades políticas tras las penales, otra maniobra de distracción muy habitual. Porque al margen de lo que puedan demostrar los tribunales sobre delitos concretos de personas concretas, es obvio para cualquiera con un mínimo sentido común que, siendo el tufo tan penetrante, si nada se hizo fue porque se prefirió mirar hacia otro lado.

Pero por más que haya enredado la madeja, el PP no puede ocultar sus responsabilidades políticas por el daño causado a las instituciones y a la credibilidad de la democracia. Especialmente grave porque, además, es el partido en el Gobierno. Y aunque la corrupción haya salpicado a todos, Rajoy es el único dirigente que sobrevive de aquel lodazal. Ese es su talón de Aquiles y el de su partido: que es el único al que aún se le pueden exigir las responsabilidades directas que nunca ha rendido.

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