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Cristina de Borbón, la imputada hierática

La infanta estuvo inexpresiva durante la vista y solo en dos recesos intercambió unas palabras con otros dos acusados

palma / colpisa, 12 de enero de 2016. Actualizado a las 15:55 h. 7

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Ni un solo gesto en la primera sesión del juicio del caso Nóos. Ni un saludo a la llegada. Tampoco una sonrisa forzada o de alivio a la salida. En la sala no tuvo ni siquiera la tentación de girar la cabeza hacia a su marido, sentado cuatro asientos más allá. Cristina de Borbón fue una perfecta efigie. Ni una sola mirada que no estuviera dirigida al frente, hacia el tribunal, o hacia la pantalla de televisión situada a su izquierda para seguir a algún interviniente al que no podía ver por la distribución de la sala.

Ni una sonrisa ni un gesto reprobación. Su cara no era ni de preocupación ni de tristeza. Su rostro fue hierático, sin exteriorizar ningún tipo de emoción. Como si en realidad, la hermana del rey estuviera a miles de kilómetros y aquello no fuera con ella. Ni frío ni calor. Con las manos siempre entrelazadas entre las piernas, por momentos parecía que ni siquiera pestañeaba ni respiraba.

Nada cambió en su semblante ni siquiera cuando la abogada de Manos Limpias insistió en pedir ocho años de cárcel para ella. Fue igualmente inexpresiva cuando, al inicio de la vista, tres cámaras de televisión y varios fotógrafos fueron autorizados a entrar en la sala y, como no, centraron sus objetivos sobre la imputada más famosa. Cuatro minutos que para cualquiera serían interminables, pero que ella aguantó estoicamente. Cabeza erecta, mirada perdida en algún punto de la pared. Cero nervios en apariencia, a pesar de ser perfectamente consciente de que todos los ojos estaban clavados en ella.

Sin inmutarse

Ni el tremendo calor con el que comenzó la sesión por un problema con la ventilación, y que provocó algún sofoco entre los presentes, hizo mella en ella. Se limitó, en uno de sus pocos movimientos, a quitarse un fular. Solo hubo un par de momentos en los que la infanta pareció humana. Los dos breves recesos. En uno, intercambió dos palabras con la única persona que tenía sentada cerca, Salvador Trinxet, el supuesto cerebro del entramado internacional defraudador de Nóos. En otro, cruzó una brevísima conversación con el exvicealcalde de Valencia, Alfonso Grau.

El único movimiento que hizo en su silla no fue ni para acomodarse. Se inclinó para recoger la chaqueta que se le había caído del respaldo de su silla a Mercedes Coghen, la exdeportista imputada por dar dinero a Urdangarin para Madrid 2016.

La imagen que ayer quiso proyectar la infanta, que ni siquiera salió del edificio a almorzar para evitar seguir siendo escrutada, estuvo en las antípodas de su última visita a Palma, aquel 8 de febrero del 2014, cuando declaró como imputada. Entonces, en aquel famoso paseíllo por la rampa de los imputados, se dedicó a regalar sonrisas a la prensa, apretones de manos a los policías y a saludar como si, en lugar de acudir a una citación judicial, hubiera ido a inaugurar el tribunal. 23 meses después de aquel paseíllo, un banquillo y una petición de ocho años de cárcel para ella y otra de casi dos décadas para su esposo han hecho que las sonrisas se deshicieran como un témpano de hielo.

Urdangarin departe con Torres

La primera sesión del juicio no defraudó en lo que a momentos curiosos se refiere. Los archienemigos y antaño amigos del alma Iñaki Urdangarin y Diego Torres departieron durante varios momentos, después de ocho años de guerra declarada. Quizás el que menos se enteró de ese reencuentro y de las demás anécdotas fue el jefe del equipo jurídico de la infanta, Miquel Roca, quien fue cazado en varias ocasiones por las cámaras echando fugaces cabezaditas.

De acabar con su aburrimiento se encargó el defensor de Diego Torres, Manuel González Peeters, el padre de la táctica de los correos electrónicos. Esta vez, su socarronería vino de un lapsus. Provocó las carcajadas cuando hablando de sí mismo en un proceso anterior, en lugar de definirse como un «heterodoxo procesal» se le escapó que era un «heterodoxo sexual». Pero no defraudó y terminó con algún rifirrafe verbal y vacilón con la presidenta Samantha Romero, quien no acabó de entender sus bromas, o no quiso.

El aire acondicionado, primero por su ausencia y luego por el ruido que metía, incomodó también, pero permitió que el abogado de Iñaki Urdangarin, Mario Pascual Vives, luciera un enorme abanico blanco. Algún otro jurista hizo uso del mismo artilugio, mientras los demás combatieron el calor con folios del sumario. Tenían material, 100.000 páginas.

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