El PSOE apostó ayer por el pasado conocido, la continuidad, la estabilidad y la larga experiencia política de Alfredo Pérez Rubalcaba para liderar el partido en el peor momento de su historia reciente. Un valor seguro, pero marcado por el mayor desastre electoral de la formación frente al cambio y la renovación que hasta el final quiso personificar su rival, Carme Chacón.
El incombustible político cántabro, superviviente de la vieja guardia felipista y hasta hace poco mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, logró el apoyo de 487 delegados (51,16%) por 465 (48,84 %) de Carme Chacón, a los que se añadieron dos papeletas en blanco y una nula. Solo 22 votos de diferencia que lo obligan como nuevo secretario general a diseñar una ejecutiva de consenso para salvaguardar la unidad del partido, que como señaló en su breve intervención, tras hacerse públicos los resultados, es su objetivo más inmediato.
«Soy el secretario general de todos los socialistas y os aseguro que de todos, absolutamente de todos, os lo dije esta mañana, ni facturas ni salvoconductos. De todos», dijo con énfasis para tratar de tranquilizar a quienes temen que los chaconistas sean laminados. Tarea difícil la de lograr la unidad, ya que el 38.º congreso ha dejado graves heridas abiertas tras las acusaciones cruzadas entre los dos bandos. También a un José Antonio Griñán muy tocado, a menos de dos meses de las elecciones autonómicas, y tras apostar por la perdedora.
El exvicepresidente ganó a pesar de que el discurso de Chacón fue más emotivo, vibrante y mitinero, muy calculado para llegar al corazón de los delegados, con abundantes frases diseñadas para la ocasión, aunque en cuanto al contenido no fue muy diferente del que anteriormente había pronunciado Rubalcaba. Pero este contó con el apoyo decisivo del aparato, que trabajó en la sombra en las últimas horas para captar los votos de los delegados que no se habían definido aún al llegar al Hotel Renacimiento, de Sevilla.
En su intervención para pedir el voto a los delegados, Rubalcaba reivindicó de forma entusiasta el «legado» de José Luis Rodríguez Zapatero, sobre el que, dijo, el PSOE debe construir su futuro. Utilizó la baza de haber protagonizado la derrota de ETA como ministro del Interior hasta llegar a decir que solo había visto al expresidente llorar una vez: «Al minuto siguiente» de que la banda anunciara su final. Su advertencia de que el PSOE podría replantearse los acuerdos con la Santa Sede si el PP continúa con su contrarreforma ideológica fue la que cosechó más aplausos. También arremetió contra los poderes financieros, a los que calificó de «caciques del siglo XXI», y abogó por «meter mano» a los bancos. Más en clave interna, prometió que no será sectario y no habrá «rubalcabismo» en el partido, y abogó por «cambiar el PSOE para que siga siendo el PSOE».
Chacón -«libre de ataduras», insistió- basó su estrategia en repetir que no se presentaba para dirigir una «travesía del desierto», un mensaje dirigido a presentar a Rubalcaba como un líder de transición que, según creen algunos, dará el testigo a Patxi López para ser el candidato a la presidencia en el 2015.
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Rubalcaba
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