Imagen:Ortega Lara, en una marcha contra el diálogo con ETA

Un símbolo de la resistencia frente al terrorismo


José Antonio Ortega Lara volvió a nacer el 1 de julio de 1997. Porque nada volvería a ser como antes del 17 de enero de 1996, cuando fue secuestrado por ETA. Pasar 532 días en un oscuro agujero de tres por dos metros y medio, y tan solo 1,80 de alto dejan una profunda huella imposible de borrar. Y que Ortega dijo que había logrado soportar por su amor a su familia (esposa y un hijo, pequeño en el momento del secuestro) y su fe católica.

Las secuelas que dejó el duro y prolongado cautiverio (fue el secuestro más largo de ETA) provocaron su jubilación como funcionario de prisiones al año siguiente de su liberación y le impidieron declarar en el juicio en el que sus cuatro captores fueron condenados a 32 años de cárcel cada uno.

Tras ser liberado por las fuerzas de seguridad, al ser saludado por el entonces ministro del Interior, Ortega Lara le dijo: «Entiendo que su Gobierno no haya negociado». Y es que los etarras pedían, a cambio de su libertad, el traslado de todos los etarras presos a cárceles vascas.

Desde entonces, este burgalés nacido en Montuenga el 22 de noviembre de 1959, ha mostrado su radical oposición a cualquier negociación con ETA, porque eso supondría «ceder al chantaje terrorista» y, con ello, acabar con el Estado de derecho, y sin él, «nuestras libertades quedarían al descubierto y eso no solo nos perjudica a nosotros, sino también a nuestros hijos». Por eso, dice que «nadie más que las víctimas queremos la paz, pero una paz basada en la justicia».

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