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Los expertos critican los deberes como una extensión de las tareas del colegio

Abogan por crear el hábito de trabajo a través de la lectura diaria y pocos encargos complementarios de tipo muy práctico y activo, hechos a la medida de cada alumno

redacción / la voz, 01 de marzo de 2015. Actualizado a las 09:21 h. 21

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La semana que se dedica a estudiar las unidades de longitud, los niños tienen que medir su habitación. Ese es un ejemplo de deberes perfectos: el alumno traslada lo aprendido en la teoría a la escala real, refuerza sus conocimientos, le resulta divertido y desafiante y mejora otras capacidades, como la espacial. Sin embargo, miles de gallegos de entre 6 y 12 años aprenden las unidades de longitud repitiendo una y otra vez ejercicios de transformación de metros a centímetros y de decámetros a kilómetros. «Mi hijo sabe que un metro son cien centímetros, pero no sabe si la mesa de comedor mide un metro o treinta». Así resumía Xosé Ramón Franco, padre del colegio de O Pino, el sentir de muchos progenitores que ven que sus hijos estudian demasiadas cosas para después olvidarlas.

La Voz reunió para hablar de deberes a cinco personas vinculadas con la educación, especialmente en primaria: el propio Xosé Ramón, como padre; Francisco Chas, profesor en el colegio Santo Domingo de A Coruña y de Didáctica en la USC, además de codirector del gabinete Aprendizaje Vital; María José Mansilla, presidenta de la confederación de ANPA de colegios católicos concertados en Galicia (Congapa); Julio Trashorras, profesor y miembro del sindicato ANPE; y Carmela Rodríguez, profesora en el CEIP Vite de Santiago.

La primera cuestión que se les planteó fue si están a favor de los deberes durante la primaria. La respuesta, aunque con matices, se resume en lo que dijo Carmela Rodríguez: «Como están agora, non, pero si se facemos uns matices». Es la misma línea que argumentó Xosé Ramón Franco, para quien «os deberes deberían servir para coller hábito máis que para seguir coas tarefas do colexio». La clave, explicaba Julio Trashorras, es exactamente esa, la del hábito: «É importante que fóra do ámbito puramente escolar haxa un traballo por adquirir uns hábitos e ir traballando nunha serie de valores que despois lles van a servir na súa vida futura».

Porque para estos expertos los deberes no son más que una extensión de la metodología en el aula. Rodríguez expone cómo es una clase tradicional: «Un mestre da unha explicación maxistral cun libro de texto, por máis que agora teñamos encerados dixitais, que veñen moitas veces a ser lo mesmo que o libro de texto; a continuación pon exercicios e, se non os rematan, para casa, o din que fagan máis na casa; e despois, chega o exame». Si las cosas son así, los deberes resultan frustrantes e inútiles.

Francisco Chas apunta que deben «estar ajustados a cada alumno y buscando un aprendizaje realmente útil para ese niño. Pero que los padres no se quejen de que de los cinco cuadernillos, quede uno sin hacer». Y es que Carmen Rodríguez cree que los padres, en general, prefieren deberes porque es algo «medible», y solo entenderían otras propuestas si cambia la metodología del aula y se les explica bien.

Esos deberes a la carta y tan buenos, ¿cómo serían para un niño de siete años, por ejemplo? Es una cuestión complicada, pero los expertos convocados por La Voz apuestan, en edades tan tempranas, por el juego y la lectura, pero no solo eso: también pueden hacer un puzle, inventarse un cuento o jugar a las cartas. En cuanto al juego, matizan que es mejor ir a la plaza que apuntarse a un equipo cuando todavía son tan pequeños.

Con los años, la propuesta de estos padres y profesores es que se aplique en la práctica lo aprendido en clase, como el ejemplo inicial: si se estudian las longitudes, se puede medir una habitación. Lo que parece claro es que los deberes los tienen que hacer solos, porque si necesitan ayuda, entonces deben hacerse en clase, donde el profesor está preparado para echarles una mano.

Tampoco se ven con buenos ojos la sucesión diaria y repetitiva de los ejercicios: hay que planificar tareas a medio plazo, para una semana, que pueden ser más complejas que si son de un día. Por ejemplo, escribir un guion de un corto para lengua que ponga en práctica lo aprendido en ortografía o gramática.

Si en primaria es una carga excesiva, en primero de secundaria la cosa se complica porque el estudiante tiene un profesor diferente para cada asignatura que pone deberes sin tener en cuenta al resto, y aunque los alumnos son mayores también necesitan tiempo para otras actividades, lúdicas y deportivas.

La regla del diez

Cálculo de la Duke University

La Universidad de Duke (Carolina del Norte) estableció este baremo para los deberes: diez minutos más cada curso, empezando con diez minutos en primero (que sería infantil 5 años en España). Eso supondría dos horas y media diarias de estudio en bachillerato.

El objetivo de primaria: leer, escribir y cuentas

El mal funcionamiento de los deberes se enmarca según los expertos en una errónea metodología de todo el sistema educativo, con contenidos inabarcables que no permiten desarrollar un aprendizaje global, no rutinario y que esté en contacto con la actualidad. Porque, ¿qué debe aprender un niño de primaria? Francisco Chas da una respuesta breve, «leer, escribir, manejar las operaciones matemáticas básicas y conocer el entorno inmediato. No hay mucho más».

¿Es eso lo que consolidan los menores? No, ya que muchas veces se encuentran con currículos repetitivos, en los que en varios cursos se insiste en idénticos contenidos. «Se queremos que os nenos teñan unha aprendizaxe significativa hai que usar unha metodoloxía moi diferente da que se marca desde a Administración, e para usala hai que pasar do currículo oficial», apunta Carmen Rodríguez.

Lo cierto es que los especialistas educativos coinciden en que la metodología que se emplea en el aula debe cambiar, aunque haya honrosas excepciones, y la etapa de infantil es un ejemplo a imitar. Pero admiten que no es fácil, «hai xente que traballa moitísimo pero non ten o respaldo da Administración porque o sistema educativo non está preparado», explica Julio Trashorras. Si acaba de ocurrir un terremoto, ¿cómo no abordarlo en el aula? «Haberá que traballar sobre iso, porque a inmediatez da información xa é motivadora para os nenos», añade Rodríguez.

Padres y profesores coinciden en que las tareas que se mandan para casa deben ser adaptadas a cada alumno e incluso a cada entorno familiar. Y van más allá, esta individualidad debería aplicarse también en el aula, más aún en primaria. ¿Qué ocurre? Que el número de alumnos por aula y los contenidos oficiales encorsetan la forma de dirigir el aprendizaje. ¿El modelo ideal? Aprender divirtiéndose, ya que es en ese entorno cuando el niño asume mejor los conocimientos, «y estamos asociando escuela a obediencia, sumisión, carga y negatividad. Y eso es un problema», apunta Chas. La solución pasa por un cambio «imprescindible» en el que padres y profesores tienen responsabilidad.

Los padres deben saber qué hace el niño en el aula, no hacer sus deberes

«Os pais nos metemos demasiado no labor do profesorado», dice Xosé Ramón Franco. Pero los profesores agradecen esa comunicación, siempre que sea bien entendida, porque sostienen que el padre debe saber qué hace el niño en el aula. «Prefiro que os pais se metan; calquera crítica pódela tomar dun xeito construtivo ou non», explica Xulio. 

En donde tienen muy claro el rol del padre es en los deberes, y desde luego no ven coherente que el progenitor prácticamente haga los deberes a su hijo, ni la existencia misma de los grupos de Whatsapp para eso. «As tarefas debe poder resolvelas so o neno, se non é que están mal plantexadas». Y si no, apunta Rodríguez, para eso está el aula, «o que non saiba facer teno que resolver na escola, porque ademais alí están tanto o mestre como os compañeiros». Pero los padres sí pueden ejercer una labor de acompañamiento, fundamentalmente en los primeros años con juegos y lecturas, «pero respetando su espacio. No se puede empujar el agua del río, ya llegarán porque todos llegan a leer, pero nos obsesionamos con que tiene que ser cuando nosotros queramos», concluye Francisco Chas. 

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