«No estábamos dispuestos a perder a nuestras hijas»

María Fernández perdió su casa, y Gerardo y María Inés estuvieron a punto: así se vive pendiente de quedarse sin un techo

.Gerardo y su mujer, María Inés
Gerardo y su mujer, María Inés
m. hermida
vigo, pontevedra / la voz

Hay media docena de desahucios efectivos en Galicia cada día. Pero solo unos pocos salen a la luz y se interviene para revertirlos. La mayoría, vinculados a alquileres, se suceden por una vía subterránea. Pero el drama de perder la vivienda, o verse con el agua al cuello, es el mismo.

Algunos consiguen ir sorteando ese momento fatídico. A Gerardo y a María Inés una sucesión de turbulencias los dejaron sin empleo justo tras nacer sus hijas, que ahora cuentan 4 y 5 años. Además, la madre soporta una hernia abdominal y tiene obesidad mórbida, cuestiones ambas que espera resolver pronto en el quirófano. La falta de ingresos los forzó a dejar de pagar el alquiler (adeudan 3.000 euros a su casero), sobreviviendo con esfuerzo gracias a ayudas públicas y de Cáritas. Pero el castillo de naipes estuvo a punto derrumbarse el pasado día 19. Esa jornada, a las 9 de la mañana, una comisión judicial se personó en su vivienda para proceder al lanzamiento, que varias organizaciones sociales lograron parar sobre la marcha. La jueza dio un margen de cuatro días para que encontraran otra vivienda, plazo que se alargó dos semanas más tras ser informada de que había menores afectados.

La Federación Vecinal de Vigo se tomó en serio el caso y sus gestiones con Xunta y Concello han dado resultado. Tanto que la familia ha logrado fondos para alquilar una nueva vivienda, ha obtenido el bono autonómico de alquiler, ayudas municipales para alimentación y tiene la risga en tramitación. Además, una autoescuela ha ofrecido a Gerardo la obtención gratuita del carné de conducir, ya que tiene una oferta de empleo como camionero, con el compromiso de abonar su coste cuanto tenga trabajo.

Tras las lágrimas vertidas ante la comisión judicial, Gerardo no oculta ahora su satisfacción. «Al quedarnos en la calle nos arriesgábamos a perder a las niñas, a que fueran internadas por la Xunta. Y a eso no estábamos dispuestos en ningún caso».

Un caso de manual

La vida de María Fernández dio un giro de 180 grados en el año 2010. Perdió su casa, el piso que había comprado en Fornelos de Montes (Pontevedra). Reconoce ella que todavía le dan escalofríos cuando pone la mente en el que fue su año maldito. Aunque, en realidad, tal y como explica, su «tortura» ya empezó antes. Su historia es casi de manual si se observa lo ocurrido en los años de la crisis. Resulta que ella trabajaba en el sector de la construcción. Era administrativa de una empresa de reformas. El sueldo quizás no le diese para hacer maravillas pero, al menos, «iba tirando». El problema llegó cuando se quedó sin trabajo, con treinta y pocos años. Primero cobró el paro y luego se quedó con la ayuda de los 400 euros. Sus ingresos bajaban como la espuma, sin embargo, su hipoteca seguía igual, sin bajar ni un solo euro. ¿Por qué, si el euríbor cayó estrepitosamente? «Yo tenía la famosa cláusula suelo, así que no me bajaba la hipoteca. Tenía que pagar unos 300 euros al mes con unos ingresos de 400... Era imposible. Si mi hipoteca no tuviese la cláusula suelo, no creo que llegase a ser desahuciada... pero así fue imposible».

Dejó de pagar. Y empezaron a llamarla del banco. Dice que fue «una tortura terrible, me llamaban mañana, tarde y noche, incluso los fines de semana. Fue realmente horrible», indica. Finalmente, se puso el día para el desahucio. Y ella decidió que no quería estar presente. Dice que no podría resistir que la tuviesen que sacar de su casa a ella y a su madre. Así que dejó la llave en la puerta y se marchó: «Me fui antes de que viniese la autoridad judicial, no lo podría soportar».

Luego, ya con el desahucio encima, entró en contacto con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Pontevedra. Dice que eso le cambió la vida, que sintió que al fin alguien entendía por qué estaba pasando. No buscaba remover su caso, prefería dejarlo pasar, pero sí buscaba algo uniéndose al colectivo: «Quería explicarle a otra gente todo lo que pasé, para evitar que más personas tengan que sufrir lo mismo, porque es algo que deja secuelas». Vive de alquiler y tiene trabajo. Pero no olvida.

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