¿Queda alguien por ahí?

foto de Mario Beramendi Álvarez
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Como un enorme jardín que necesita limpiar y recortar los matojos, la economía española parece quedarse pelada, igual que la afeitada cabellera de un legionario. Quienes estaban llamados a acondicionar la parcela, han optado por fumigarla como si de una plaga se tratara. Ese parece ser el resultado de la reforma laboral. Seis millones de parados. Y lo más desalentador: la sensación de que una incontenible hemorragia sigue su curso. Impasible, el Gobierno sortea el obstáculo con el pobre consuelo de que ya había advertido de la desgracia. Inmersa en una gravísima depresión, España afronta un drama económico y social sin precedentes, donde el paso del tiempo revela, día a día, que el férreo dogma de la austeridad conduce al abismo. Nos hemos cargado una generación a la que formamos mientras preparábamos una sociedad levantada sobre vigas de hormigón. Y con el futuro ya hipotecado para muchas décadas, ahora ya casi no nos queda ni presente. Ante semejante drama, convendría llamar a la puerta del Gobierno con unos cuantos golpes con los nudillos y lanzar, muy educadamente, una pregunta. ¿Queda alguien por ahí?