Hay que estar a las duras y a las maduras. Esa parecía ser la consigna del Gobierno alemán ayer, que prefirió defender -al menos oficialmente- la independencia del Banco Central Europeo y su decisión de comprar deuda soberana de los países en crisis. Su propósito: calmar las aguas turbulentas, y salir al paso de la alarma social provocada por cierto sector de la prensa, y parte de la opinión pública, cada vez más preocupada por sus ahorros y que teme como a la peste al fantasma de la inflación.
La misma que ha respaldado siempre la sacrosanta independencia del Bundesbank, la canciller Angela Merkel, defendía desde Viena la fortaleza del BCE, «una institución independiente y muy sólida», para apuntar acto seguido que así como el Banco Central Europeo tiene un mandato, a ella le toca «hacer los deberes políticos, superar las dificultades». Para subrayar a renglón seguido que «ayuda, control y condiciones van de la mano». Su vicecanciller y ministro de Economía, el liberal Philipp Rössler, destacaba en Berlín que «ahora toca a la política imponer condiciones a la compra de bonos». En otras palabras, no hemos perdido la batalla y tenemos margen de acción, era el mensaje dirigido a aquellos alemanes que temen que las decisiones dejen de tomarse en Berlín y hayan pasado a manos de italianos como Mario Draghi, en Fráncfort.
Aluvión de apoyos
También el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, tuvo que salir en defensa del Banco Central Europeo desde Estocolmo: «El mandato del BCE se limita a la política monetaria y las decisiones que se tomaron ayer [por el jueves] se limitan a esa esfera». Desde Berlín, también el portavoz del Gobierno remachaba que la autoridad monetaria «actúa independientemente y en el marco de su mandato».
Aunque el alemán de a pie parece más preocupado por las huelgas de Lufthansa, y los viajes de la canciller a China (con los esperados contratos para empresas germanas), no solo la prensa especializada sigue con preocupación el pulso entre Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank, y Mario Draghi. También las publicaciones menos conservadoras daban ayer la señal de alarma. El Süddeutsche Zeitung mostraba una caricatura de una apisonadora conducida por Draghi, que pasa por encima de Weidmann y su cartel del BCE. «Salvar el euro a cualquier precio puede desembocar en un desastre económico», titulaba el rotativo de Múnich. El Börsen Zeitung, la prensa bursátil alemana, calificaba a Draghi de «dictador benevolente» y a Jens Weidmann, como el único que se atreve a plantarle cara (el voto alemán fue el único contrario a la decisión de comprar deuda soberana en el consejo del Banco Central Europeo). «Ahora la pelota se encuentra en el tejado de la política. El BCE actuará solo cuando los Estados con problemas pidan el rescate», proseguía la publicación especializada.
El diario económico Handelsblatt, por su parte, apuntaba que las demandas presentadas contra el pacto fiscal y el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) y que fallará el miércoles próximo el Tribunal Constitucional, «también dejan patente la necesidad de un debate sobre la legitimación democrática del BCE». «La crisis le ha concedido al Consejo del Banco Central Europeo un poder tal que ningún Gobierno nacional o institución europea le llega a la suela de los zapatos», explicaba. El semanario Der Spiegel, en su edición digital, titulaba «El frío derrocamiento de Merkel».
Críticas parlamentarias
Algunos parlamentarios se sumaban a la línea de los medios alemanes, que como el tabloide Bild hablaban de «un cheque en blanco» a los países con problemas. Y amenazaron incluso con tomar medidas legales contra el plan de Draghi. «Ha llegado el momento de valorar si no sería conveniente analizar la situación legalmente para ver si el BCE ha sobrepasado su mandato con su decisión de ayer», comentó el diputado de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) de Merkel, Klaus-Peter Willsch.