«Solo somos trabajadores, tirando a pobres»

Vive de alquiler con sus dos hijos, gana 300 euros y debe 75.000


18/09/2011 06:00 h

A finales del 2003, Esther, limpiadora por horas, y su marido, empleado de una subcontrata de El Corte Inglés, firmaron una hipoteca de 78.000 euros en una entidad bancaria con el aval de la casa de los padres de él. Acababa de nacer su primera hija y estrenaron piso en la avenida de Monelos, en A Coruña. «Nos atrevimos, sí: había trabajo».

Hoy, Esther tiene 35 años y está divorciada. Vive con sus dos hijos (de 8 y 3 años) en un piso de alquiler con una subvención pública del 80?% de la renta, ha solicitado una ayuda del risga, la familia (también sus exsuegros) le echa una mano y su marido, en paro, aporta lo que puede cuando puede. Ella gana 300 euros al mes fregando escaleras, «unas horas, lo que se encuentra; sin seguro, claro».

El 8 de septiembre, hace apenas una semana, abandonó la vivienda tras la ejecución de la hipoteca. Perdió su casa y debe al banco más de 75.000 euros, que también amenaza con embargar el inmueble de sus exsuegros. Para mañana lunes, en un juzgado de A Coruña, estaba prevista la subasta del piso de Monelos, que, al final, el viernes fue aplazada. Stopdesahucios había convocado una protesta en la calle, como ya hiciera a principios de mes cuando desalojaron a Esther de su casa.

En el paro

El relato amargo de la mujer se remonta a hace tres años, cuando su vida dio un vuelco. «Todo se torció cuando nos quedamos los dos en el paro. Fue a mediados del 2008. Empezamos a acumular retrasos en el pago de la hipoteca. Una vez mis suegros pusieron 1.000 euros. Pero la cosa fue a peor. Se nos acabaron las prestaciones por desempleo. Hablamos con el banco. Propusimos entregar la casa para saldar la deuda. Hubo una tasación en el 2009 por 90.000 euros, con una nota, la letra pequeña, que decía que el piso tenía una superficie de 75 metros cuadrados, y no de menos de cincuenta como figuraba en la anterior. Así que la tasadora apuntaba ahí, en la letra pequeña, que el valor era de 105.000 euros. Pero el banco no aceptó la dación en pago».

La deuda se disparó por los intereses del crédito. «Pasó un año y los intereses de demora aumentaron un 24 % -continúa Esther-. Hace cosa de quince días nos llegó el escrito. Me habían concedido el piso en alquiler y yo le dije al banco que saldría voluntariamente, cuando ellos quisieran. Y el día 8 de septiembre me cerraron las puertas».

En subasta

La subasta, a la espera de nueva fecha, podría declararse desierta -lo habitual en los tiempos que corren- y lo que pague el banco no alcanzará para cubrir la deuda. Esther y su marido («porque el piso sigue a nombre de los dos») deben casi el mismo dinero que pagaron por una vivienda que ya no es suya, y ahora temen que los avalistas, los padres de él («que son mayores, pero todavía trabajan»), también se vean afectados por el problema.

La entidad bancaria podrá quedarse con el piso por el 60 % del valor de la última tasación (60.000 euros), y seguirá reclamando el resto. «E irán encima de la casa de mis suegros. Eso es lo que no queremos. Lo demás ya lo hemos perdido. Nuestra vida, sí. Nos la arruinaron hace ya algún tiempo. Los bancos ya ganan mucho y siempre se ven beneficiados. Se quedarán con el piso, luego lo pondrán a la venta y seguirán ganando, ¿qué más quieren? Solo somos unos trabajadores, tirando a pobres».

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