Imagen:Dos personas en el laboratorio subterráneo del Centro de Estudios Nucleares belga

¿Qué hacer con la basura radiactiva?

Los técnicos reclaman «una decisión política» para enterrar los residuos


La primera central nuclear de uso civil del mundo empezó a funcionar en 1954 en Obninsk, a 110 kilómetros al suroeste de Moscú. Han pasado más de cincuenta años, y desde entonces el planeta se ha poblado con más de 440 reactores. Sin embargo, en ese medio siglo la industria no ha sido capaz de encontrar una solución definitiva para los residuos nucleares, algunos de los cuales seguirán emitiendo radiactividad de alta intensidad, muy peligrosa para la salud de los seres vivos y del medio ambiente, durante miles y miles de años.

«Es verdad, no estamos haciendo nada con la basura nuclear, pero es porque no hay una decisión política sobre el depósito geológico», asegura Peter Baeten, jefe del grupo de Investigación de nuevos reactores del Centro de Estudios Nucleares belga.

El primer reactor del país se construyó en 1962 en el centro donde trabaja Baeten, en Mol, a 70 kilómetros de Bruselas; y la primera central civil, en 1974. Los residuos de esas plantas y de las que las han seguido -otros dos reactores de investigación y seis de uso civil- se almacenan con carácter temporal en Doel, cerca de Mol.

La Agencia Belga de Residuos Radiactivos dispone en esas instalaciones de un laboratorio subterráneo en el que se estudia la respuesta de la roca al calor, a la radiactividad, a la presión, a las filtraciones... La idea es convertir esas minas en un cementerio nuclear, pero, como dice Baeten, hasta que no haya una decisión política los residuos belgas seguirán en la superficie, como sucede en España, donde se almacenan en una instalación especializada en El Cabril, en Córdoba.

Bélgica no es el único país que estudia las posibilidades del depósito geológico, porque Francia, el socio europeo con más centrales, ya ha decidido horadar una gigantesca mina a quinientos metros de profundidad en la localidad de Bure, a 300 kilómetros de París, para enterrar allí su basura radiactiva. El proyecto lleva en marcha 15 años, y lo cierto es que el kilométrico laboratorio subterráneo francés está mucho más avanzado que la pequeña mina belga, de apenas unos centenares de metros de longitud.

Pese a los avances en la investigación para el depósito geológico de la basura atómica, Baeten asegura que la solución pasa sobre todo por desarrollar la cuarta generación de reactores nucleares, que se nutrirán sobre todo de Uranio-238, y no de Uranio-235, como las actuales. Hoy, el combustible que utilizan las centrales está formado en un 99,3% de U-238, y apenas en un 0,7% por U-235, por lo que la mayoría se desaprovecha. En el futuro, afirma Baeten, las instalaciones de nueva generación apenas producirán residuos, y estos serán además mucho menos peligrosos. Las previsiones son que la tecnología de nueva generación no esté disponible para uso civil antes del año 2030.

Precisamente, el trabajo de Baeten en el CEN consiste en dirigir a un grupo de científicos que estudian cómo desarrollar esas nuevas herramientas de fisión. El proyecto, que incluye la construcción de un acelerador de partículas, está financiado con fondos comunitarios, pero también con dinero belga y español. Curiosamente, España y Bélgica son dos de los países europeos con centrales nucleares que han decidido no alargar la vida de esas plantas y no construir más.

«Esa medida no se sostiene, al menos en Bélgica», asegura un alto responsable del CEN que prefiere no identificarse a la hora de dar opiniones políticas. «Casi la mitad de la electricidad que consumen los belgas proviene de las centrales, y es imposible sustituirla con molinos de viento. ¿Cree que la ciudadanía estaría dispuesta a recortar a la mitad la energía que gasta hoy?», se pregunta.

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