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Francia prepara el cementerio nuclear más grande del mundo

Enterrará los residuos de sus centrales atómicas a 500 metros de profundidad en una mina a 300 kilómetros de París


La industria europea de la energía nuclear, empeñada en relanzar el debate sobre las centrales y lograr permisos para construir nuevas instalaciones, cree que para vencer la desconfianza de la opinión pública de la UE hacia el sector se enfrenta a dos grandes retos: por un lado, minimizar el miedo al uso militar de las tecnologías atómicas, ejemplificado en la crisis con Irán; y por otro, encontrar un tratamiento adecuado, seguro y definitivo para los residuos radiactivos, capaces de manter su potencial contaminante durante miles de años.

Francia, el país europeo con más centrales y donde casi el 80% de la electricidad que se consume proviene de los reactores atómicos, lleva quince años ejecutando un proyecto de investigación con el que pretende salvar el segundo de esos obstáculos, y que le permitirá construir, a solo 300 kilómetros de París, el mayor cementerio de residuos nucleares del mundo.

En la localidad de Bure, en plena la región de la Champaña y en una zona de escasísima actividad sísmica, la Agencia Nacional Francesa para la Gestión de los Residuos Radiactivos (Andra) planea construir una inmensa mina a 500 metros de profundidad, en medio de una formación rocosa de argilita arcillosa, un material poco permeable al agua y de características adecuadas para albergar durante milenios el veneno atómico.

«No podemos aventurar lo que va a pasar en los próximos milenios, pero de lo que se trata es de garantizar las máximas condiciones de control y de seguridad», explica el geólogo Jacques Delay, mientras desciende en el ascensor del laboratorio subterráneo que Andra ha instalado cerca de donde se construirá el depósito definitivo.

Resistencia

El aparato tarda casi cinco minutos en alcanzar las galerías horadadas medio kilómetro bajo tierra, donde un equipo de científicos estudia desde hace años la respuesta de la roca al calor que producen los residuos radiactivos -pueden alcanzar los noventa grados-, su respuesta al agua, a la presión, a los movimientos sísmicos... El proyecto, financiado con ayuda de la UE, absorbe unos 100 millones de euros al año, y ya ha costado más de mil millones. «Es menos de los que Canal Plus Francia ha pagado por los derechos del fútbol en los últimos años», ironiza Delay.

Aunque Andra es una sociedad pública, los costes de la planta de tratamiento y del laboratorio corren íntegramente a cargo de las industrias propietarias de las centrales, que entregan también a cada comarca afectada por el proyecto unos veinte millones de euros al año; es decir, casi 400 euros por habitante. Y, pese a lo que pudiera parecer, Andra no se ha topado con el rechazo de la población, según asegura Jean-Louis Tison, gerente del departamento internacional de la compañía.

Tison subraya que la elección de Bure se ha debido exclusivamente a razones científicas, y que es una mera «casualidad» que la zona esté a apenas 60 kilómetros del depósito de L'Aube, donde se almacena hasta ahora la basura nuclear francesa de baja y media intensidad. Aunque las industrias nucleares saben que es mucho más fácil vencer la resistencia de los vecinos si se ubica una instalación atómica en un lugar donde ya existe otra, como sucede con los dobles reactores españoles de Ascó, Vandellós y Almaraz.

En España, los residuos de media y baja intensidad de esas centrales se almacenan en el depósito de superficie de El Cabril, en Córdoba. Pero la novedad de la mina de Bure es que permitirá agrupar allí los residuos más contaminantes, que representan apenas el 15% del volumen total de la basura atómica -unos cien metros cúbicos por central al año-, pero que son responsables de más del 96% de las emisiones radiactivas.

El plan elaborado por Andra es reversible y admite que la basura pueda ser retirada con seguridad y sin costes adicionales al menos durante los próximos 300 años. Se trata, tal y como explica Jean-Louis Tison, de permitir que las generaciones futuras puedan encargarse de su tratamiento si para entonces se ha encontrado la fórmula para volverlos inertes y eliminar cualquier riesgo.

Claro que 300 años son muy poco tiempo si se tiene en cuenta que la vida media de algunos isótopos de plutonio puede alcanzar los 24.000 años. Y quizá sea esa la labor más difícil del proyecto de Andra: encontrar fórmulas para garantizar que, pase lo que pase en los próximos miles de años, nadie se olvidará nunca de lo que yace enterrado a apenas 300 kilómetros de París.

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