El sacrificio del joven campeón

El lucense Jorge Prado lleva cinco años en un pueblo belga para crecer como piloto de motocrós. Su familia, que también dejó Galicia, le apoya en maratonianas jornadas de estudio y entrenamientos

.

ENVIADA ESPECIAL / LOMMEL 19/06/2017 05:00 h

La cuenta atrás está en marcha. Cada día que pasa es uno menos que separa a Jorge Prado de la cima del motocrós mundial. El joven lucense de 16 años se ha convertido en el diamante en bruto del Red Bull-KTM y del deporte español, pulverizando récords de precocidad. Se lo ha ganado a pulso. De ánimo infatigable, es energía pura. Muestra la dureza de un veterano al cabalgar sobre la moto y la ternura de un niño cuando se baja de ella. Brilla solo.

Se ha curtido en las rudas arenas de Lommel (Bélgica) a lo largo de los últimos cinco años. Una hostilidad con la que también ha tenido que lidiar fuera del circuito porque desde que llegó a este pequeño pueblo flamenco de 33.000 habitantes, meca del motocrós europeo, la adaptación se ha convertido en otra carrera diaria. El paisaje plomizo y el ambiente solitario que se respira en sus calles, donde el forastero lleva sin saberlo una etiqueta en la frente, tampoco ayuda mucho. «Echo de menos Galicia. Fue un cambio muy grande mudarse aquí a 1.800 kilómetros de casa. Me llevó dos años hablar bien holandés», admite.

Pero la idiomática no ha sido la barrera más difícil de superar. Después de cinco años, sigue añorando su vida en España, donde el día a día transcurre de puertas hacia afuera: «En el colegio no tengo muchos amigos. Aquí la gente es más cerrada, no salen», asegura y enseguida esboza una sonrisa al recordar sus últimas vacaciones: «Estuve una semana en casa de mis abuelos en Lugo el verano pasado. Un día vinieron a visitarme todos mis amigos. Cada vez están más cambiados. Al estar lejos te pierdes muchas cosas». Algunos fueron a verlo a Italia este año, donde ganó su primera carrera del Mundial: «Los echo de menos», reconoce emocionado.

Fue un cambio muy grande mudarse a 1.800 km de casa Aunque los entrenamientos en pista, piscina olímpica, en bicicleta y las carreras dominan su agenda, Jorge no abandona los estudios. Rara avis entre sus rivales, donde alguno no pisa la escuela desde los 10 años. De lunes a viernes Jorge cambia las dos ruedas de la moto por las de la bicicleta para ir al colegio. De las 08.20 de la mañana a las 15.30 de la tarde se zambulle entre los libros de Economía, Física y Química. ¿Las notas? «Por ahora bien», aseguran Jesús y Cristina, sus padres. Hoy es martes y llovizna en Lommel. Lo recogen a la salida: «Me he convertido en su chófer», bromea Jesús. La competición es tan exigente que ha tenido que abandonar el trabajo para dedicar todo el tiempo a su hijo.

El sacrificio del joven campeón El lucense Jorge Pardo lleva cinco años en un pueblo belga para crecer como piloto de motocrós. Su familia, que también dejó Galicia, le apoya en maratonianas jornadas de estudio y entrenamientos.

México, Argentina, Rusia...

El ritmo es frenético. Después de las clases, Jorge se va a entrenar. Lo hace seis días a la semana. Entre tres y cuatro encima de la moto, el resto trabajando el físico. Cuando termina se pone a hacer los deberes, hasta que el sueño le vence: «Hay días que llego a casa y estoy reventado», reconoce. A todo ello se le suman los viajes: México, Argentina, Rusia o Malasia. El precio por alcanzar la cima del motocrós es muy alto y el sobreesfuerzo le empieza a pasar factura: «Estoy peleándome por el top cinco del Mundial. Ahí los 20 primeros no van al cole, son pilotos profesionales que se pasan el día entrenando. Es un desequilibrio que me perjudica. Si el año que viene quiero ganar, tengo que estar centrado en el motocrós», reflexiona en uno de los pocos momentos de descanso que le reserva el día: la hora de comer. Jun, el pequeño Yorkshire de la familia, levanta sus patitas pidiendo que comparta con él el plato y Jorge no se resiste: «Su hermana pequeña, Cecilia, es mucho más independiente, él es más apegado, cariñoso», asegura Cristina. Cuando surgió la posibilidad en el 2011 de desplazarse a Lommel, Jorge lo tuvo claro: No iría sin su familia. Tenía solo diez años. «Fue difícil empezar de nuevo, pero está consiguiendo cosas muy grandes. Estoy muy orgullosa de ser su hermana», desliza Cecilia. Todos lo arropan y tratan de aliviar la presión que tantas veces se impone Jorge: «Están aquí por mí, así que pienso que tengo que dar algo a cambio. Por una parte tengo ese peso encima, pero estamos unidos y lo intento hacer lo mejor posible», confiesa. Cuando esos pensamientos sobrevuelan su cabeza, Jesús lo frena: «La presión está ahí, Jorge va tomando conciencia del esfuerzo y lo lleva bastante bien. Familiarmente no le presionamos, pero él mismo se genera a veces esa presión. Un resultado bueno para otros pilotos, para él no es lo suficiente». 

.

Jorge no desconecta nunca del motocrós, ni en su tiempo libre. Cuando llega octubre, su mes de descanso, se inquieta: «Le pido a mi padre que me lleve a entrenar», asegura entre risas. Probó el motociclismo de velocidad y no le convenció. «No me gusta ver el fútbol, ni me enteré de la final de la Champions. La fórmula 1 me aburre». No puede dejar la moto. Es una adicción que mantuvo mucho tiempo en vilo a su madre, quien le prohibió subirse a ella de pequeño: «Ahora he entendido que es su vida. Jorge ha venido a este mundo con un objetivo y es hacer motocrós. Yo no soy quién para cambiarlo».

«A veces tienes que arriesgar más para lograr lo que quieres»

Jorge ha batido varios récords de precocidad pero su objetivo es ser campeón muy pronto

CRISTINA PORTEIRO

Madurez, destreza innata y un enorme potencial físico aún por explotar. Es el cóctel perfecto que convierte a Jorge Prado en el piloto con mayor proyección del motocrós. Compite al mismo nivel que otros profesionales de mayor edad y experiencia más dilatada. Y se impone. Aspira a terminar entre los cinco primeros en el Mundial de MX2. Y lo tiene a tiro. A pesar de su corta edad, Jorge conoce bien sus puntos fuertes y débiles. El físico sigue siendo el terreno con mayor potencial de mejora. Tiene solo 16 años y su cuerpo todavía está cambiando, ganando musculatura y resistencia: «Físicamente es uno de los deportes más duros del mundo. En el ciclismo haces mucha pierna, no necesitas gran fortaleza en los brazos, pero en motocrós necesito tener todo el cuerpo muy fuerte», explica.

Su equipo, su entrenador y la familia tienen claro que el mejor Jorge está por venir. Los mecánicos ponen a punto sus motos, esas inconfundibles con el 61 en el costado. Esperan pacientemente la eclosión, el momento en el que el piloto lucense marque el inicio de su reinado después de años batiendo récords y ganándolo todo: «Ha puesto el listón bastante alto y ahora se bate con los principales pilotos del mundo, muchos se dedican a esto desde los 10 años en exclusiva. Él es más pequeño y también tiene otras ocupaciones. Cuando eso cambie dará el salto definitivo. Al final lo que importa es ser campeón, no ser el más joven», sostiene Jesús, el padre. Cuando Jorge sube a la moto siente los nervios y la presión de los 30 segundos eternos que tarda en caer la valla: «Antes de arrancar pienso que he entrenado bien, en mis posibilidades y que si no gano, en mi mente es un fracaso, porque sé que puedo hacerlo», reconoce. Pero en cuanto se propulsa veloz hacia la primera curva, todos los pensamientos se evaporan: «Cuando estoy corriendo ya no me distraigo con esas cosas... nunca» .

El riesgo

Hace solo dos semanas que el piloto Steven Lenoir falleció tras caerse en un entrenamiento. Jorge lo recuerda con pesar y aunque admite que es un deporte de mucho riesgo en el que «a veces tienes que arriesgar un poco más para conseguir lo que realmente quieres», asegura que nunca sobrepasaría algunos límites: «Intento no arriesgar mucho y mantener todo bajo control». ¿Dará el salto al supercrós en el 2019? Su meta está en Estados Unidos, pero prefiere ser cauto y marcarse objetivos a corto plazo: «Hay muchos calendarios, depende de cómo vaya este año. Veremos sobre la marcha».

 

 

 

 

 

Votación
21 votos
Comentarios