Una irresponsabilidad que puede llevar a la muerte

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En las transfusiones sanguíneas (que es lo que ocurriría si a un deportista le hubiesen entregado la sangre de otro) una de las grandes preocupaciones es que no exista una incompatibilidad grave de grupo. Por este motivo, en los centros hospitalarios se establece un protocolo exigente para la identificación del donante, de la bolsa de sangre y del receptor. Todo el proceso es supervisado por varias personas, porque el objetivo es minimizar al máximo el error humano. El marco legislativo es tremendamente garantista para estos casos. Todas las precauciones en este sentido son pocas, así como en lo relativo a la conservación de la sangre o su transporte, puesto que existe el riesgo de que se degrade o de que si no se toman las medidas oportunas se produzca la transmisión de enfermedades. Este último punto, incluso cuando se trata de una autotransfusión.

Por poner un ejemplo de la vigilancia estricta a la que se someten estos procedimientos, cuando una persona ha sido objeto de una transfusión o ha sido donante, sus datos quedan registrados en un historial clínico, pero, a pesar de esto y de que con el paso de tiempo las nuevas tecnologías han ayudado a que los fallos sean muy pocos, cada vez que esa persona vuelve a participar en una transfusión es obligatorio comprobar de nuevo el grupo sanguíneo al que pertenece. Un error puede provocar la muerte del paciente en horas. Y es que en el caso de producirse una incompatibilidad grave durante una transfusión se podría desencadenar una hemólisis, es decir, la desintegración de los glóbulos rojos de la sangre y con ello aparecería en un espacio corto de tiempo un fallo renal agudo que desembocaría en el fallecimiento del paciente. Por este motivo, considero una irresponsabilidad cualquier sistema en el que quepa alguna duda sobre la identificación y procedencia de las bolsas de sangre. Deben seguirse estrictamente los protocolos establecidos en el marco sanitario. Lo contrario es una auténtica temeridad. Exactamente como si a un niño le pusiesen una pistola cargada en la mano.

Guillermo Debén es hematólogo del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña