Del Rosalía al Palau Blaugrana

Oleson, que se dio a conocer en el Rosalía, acaba de firmar por el Barcelona

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Han pasado doce años desde que el Rosalía recibiese un vídeo de un jugador que tenía en su agenda y se encontrase, sin esperarlo, con un chaval rubio, desconocido, pero capaz de anotar con una facilidad pasmosa. Aquellas imágenes le bastaron para pedirle al agente, Emilio Durán, que se olvidase de la gestión que estaba en marcha y se centrase en conseguir que aquel escolta tirador aceptase viajar a Santiago desde Alaska para hacer una prueba.

Así llegó Brad Oleson al Rosalía. Y no tardó en convencer a su entrenador, Félix Muñoz. Al técnico le sobraron un par de sesiones para decidir: «Se queda». No le falló el olfato.

Enseguida demostró que, además de hilar canastas, sabía defender, y que el baloncesto no tenía secretos para él. En una ocasión llegó a prueba un pívot, Jerome Beasley, hermano de Michael Beasley. Félix Muñoz pidió a Oleson que ejerciese de cicerone y le explicase los movimientos que debía ejecutar. Y cuando el entrenador se disponía a contarle cuáles eran la primeras ideas que quería trasladar, se quedó quieto contemplando. El joven de Alaska se había anticipado. Ya le estaba desgranando a su compatriota lo que hacían los pívots del equipo.

El joven Brad no solo se preocupaba de aprender lo que le tocaba en su parcela. Era una esponja que también interiorizaba los guiones de otras demarcaciones.

Una esponja

Durante su etapa en Santiago siempre se comportó como un líder silencioso, un extraordinario jugador de equipo. Tan generoso y tan capaz de medir sus tiros que Félix Muñoz tenía que animarlo a que hiciese más ensayos. «Sus porcentajes suelen ser muy buenos -comentaba el técnico cuando lo tenía a sus órdenes-, en parte por su calidad y en parte por lo mucho y bien que selecciona sus tiros. Si se coge cualquier vídeo al azar, de cualquier partido, podrá estar más o menos acertado, pero será muy difícil ver que ha tomado algún mal lanzamiento».

A Oleson no se le recuerda una sola polémica. Y, sin embargo, de la noche a la mañana dio por concluida su etapa en el Rosalía, pese a tener contrato en vigor. Se acogió al decreto 1.006 para recalar en el Fuenlabrada. Allí demostró que la ACB no le venía grande. Siguió realizando lo mismo que en la LEB: anotar, defender y hacer mejores a sus compañeros. El Rosalía y el Fuenlabrada no llegaron a pleitear. Al final alcanzaron un acuerdo, pagadero en varias anualidades, por una cantidad que nunca fue confirmada pero que algunas fuentes sitúan cerca de los 400.000 euros. Fue su último gran servicio al conjunto colegial.

Sin debutar en el Madrid

El Real Madrid lo tuvo fichado, tras pagar más de un millón de euros. Pero Ettore Messina se encaprichó de Prigioni y Sergi Vidal y Oleson terminó siendo la llave de una operación a tres bandas que lo llevó al Baskonia.

Una lesión de tobillo cortó su progresión. Pero no dejó de producir a las órdenes del exigente Ivanovic. Y tampoco con Tabak.

Hace unos días, el Barcelona, a la vista de que el estado físico de Navarro muestra más discontinuidades que el Guadiana, puso sus ojos en el escolta de Alaska. Y, aprovechando que las arcas vitorianas no están tan boyantes como antaño, se ha hecho con los servicios de un jugador de equipo que no ha dejado de crecer desde que llegase al Rosalía en el año 2005. Siempre discreto y aportando.

Oleson, que el pasado curso se preguntaba dónde estaba toda la afición del baloncesto en su etapa en Santiago, ya no estará en Sar con el Baskonia, el mes próximo. Pero vendrá con su nuevo equipo, el Barcelona. Cuando se le presentó la oportunidad de recalar en el Palau Blaugrana, no lo dudó. Y, hasta la fecha, siempre ha acertado a la hora de conducir su carrera, sin apresurarse, sin miedo. Desde que salió de Alaska.

Brad Oleson, en su etapa en el Rosalía. sandra alonso