Santi Valladares (Padrón, 1963) y Moncho Fernández (Compostela, 1969), entrenadores del Santiago Futsal y el Obradoiro, no llevan vidas paralelas pero el trazo de sus trayectorias dibuja muchos paralelismos y algún que otro punto de cruce. Los dos tienen vocación docente y han terminado por volcarla sobre el parqué, no en las aulas. Uno es licenciado en Químicas y el otro en Historia. Y si bien el apodo del El Alquimista es cosa del de letras, el de ciencias suma méritos en la misma dirección.
En realidad, los dos equipos irradian algo de ese misterio que aspira a convertir el plomo en oro, porque son dos veleros compitiendo entre trasatlánticos, aguantando embates, descifrando como pocos los secretos de la navegación para acercarse al Santo Grial de la Copa. Unos avistan a muy pocos metros la cita de Alcalá de Henares; los otros, como en la fórmula uno, están en la Q3, en la lucha final por meterse entre los ocho puestos de la Liga Endesa que conducen a Vitoria.
A principios de los ochenta, cuando Valladares simultaneaba la universidad con las vigilancias de los estudios en el Peleteiro, Moncho Fernández era uno de los jóvenes que se sentaban en el pupitre. Es más nítida la memoria del alumno («Santi imponía lo suyo») que la del profesor («eran muchos chavales. Recuerdo un poco más a Pulpis, a quien también le di clase»).
En esa época el futuro químico lo compaginaba todo: los estudios, las clases y el fútbol sala como jugador. Si hubiese nacido diez años más tarde, probablemente podría presumir de un campeonato del mundo. Porque Valladares fue chef antes que fraile. Alcanzó la internacionalidad y llegó a disputar el Mundial de Holanda en el 89, el primero de fútbol sala. Sacaba tiempo a todo, incluso para entrenar a los más pequeños del colegio Peleteiro.
Entrenando desde los 17
Moncho Fernández se adentró en el baloncesto por la puerta de la teoría. Con 17 años dirigió a su primer equipo, en su barrio natal, Pontepedriña. Y ya no se desconectó del universo de la canasta.
Si nunca se hubiesen cruzado con Moncho López y Venancio López probablemente hoy seguirían en las aulas. A Fernández lo llamó su tocayo López para incorporarse al cuerpo técnico del Gijón, en la ACB. No lo dudó, y a sí se lo trasladó a su madre: «Me voy a Gijón. Jugar contra el Barça, el Madrid...». Esa perspectiva no acabó de convencerla, a tenor de la respuesta: «Si, pero a túa carreiriña, tantos esforzos...». Moncho Fernández también le explicó la notable diferencia entre el profesionalismo de élite y los equipos aficionados, y ahí su progenitora se quedó más tranquila.
A Santi Valladares le sorprendió una llamada del actual seleccionador, Venancio López, al poco de firmar en el Lobelle. Se habían enfrentando alguna vez en sus etapas de jugadores, pero no tenían más relación.
Valladares empezó a colaborar con las categorías de base, con los juveniles, con el filial, como entrenador ayudante... Y esta temporada ha tomado la alternativa en la primera plantilla.
Los dos pudieron despedir el 2012 deportivo con el Gaudeamus igitur. Y esperan para el 2013 la misma sinfonía.