Dos aficiones de Primera

Esta vez no hubo disturbios: los seguidores se dejaron el alma únicamente en animar

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Hacía cinco años que Galicia no vivía su gran derbi en Primera, Y para conmemorar la presencia de Celta y Deportivo en la élite del fútbol español, las aficiones han querido estar a la altura. Lejos quedaron los disturbios que protagonizaron los choques entre olívicos y herculinos la campaña pasada en Segunda y, a pesar de la fuerte rivalidad, blanquiazules y celestes quisieron demostrar que este choque es uno de los más pasionales y con más carga sentimental no solo de España, sino también de Europa.

Desde primera hora de la tarde, centenares de celtistas rodearon el Estadio Municipal de Balaídos para comenzar a calentar motores. A alrededor de las 18.30 horas llegó el autobús con los jugadores del Celta, lo que desató la locura en la marea celeste. Diez minutos llegó el autocar del Deportivo, pero el fuerte dispositivo policial impidió que se registrase ningún incidente.

Casi treinta mil gargantas

El ya clásico Miña terra galega fue el preludio al himno celeste, cantado a viva voz por todo el estadio. Y es que a pesar de no haberse vendido todas las entradas, Balaídos mostró una imagen espectacular, con 28.000 fieles que poblaban de camisetas, banderas y bufandas celestes todos los rincones del estadio. Finalmente, fueron cerca de mil los seguidores deportivistas que viajaron a la ciudad olívica para presenciar el encuentro.

El público apretó desde el inicio del partido, conocedor de la importancia del mismo. La afición celeste llevó en volandas a su equipo durante todo el partido y no dejó de apoyar en ningún momento a su equipo. Y a pesar de estar en considerable minoría, las gargantas del millar de deportivistas en Balaídos se dejaron oír tras el empate de Juan Domínguez.

La prueba de que el derbi traspasa fronteras es que había una decena de aficionados coreanos en las gradas, que portaban una pancarta de apoyo a su compatriota Park y que enloquecieron cuando el delantero saltó al terreno de juego a falta de siete minutos para el final sustituyendo a un Iago Aspas que, como ya es habitual, se llevó la ovación de la noche.

Celtistas y deportivistas vibraron, gritaron, saltaron pero, sobre todo, dejaron el pabellón del fútbol gallego en el lugar que le corresponde.