Mire por donde se mire, Teresa Portela es una leyenda del deporte gallego. Se pierde la cuenta de sus títulos mundiales y europeos, de su constancia durante lustros, de su trabajo en un deporte muy sacrificado y poco reconocido. Pero la palista de Cangas quería su medalla en el lago Dorney, la que le correspondía ya en su cuarta final olímpica, en sus cuartos Juegos. Y unas centésimas, malditas centésimas, y una salida discreta, se la arrebataron en el K1 200 metros. Hasta el viento sopló en su contra, para ralentizar la carrera.
Por eso Portela se derrumbó en el pantalán. Enjugó en lágrimas su decepción al ver a su marido, David Mascato, a su entrenador, Daniel Brage y a tanta gente que quería felicitarla por una trayectoria inmensa.
«El deporte tiene estas cosas. Me veía muy bien, y solo he podido ser cuarta», comentaba. Al rato, parecía ya rehecha, y volvía a llorar. Un cuarto puesto; lágrimas de oro.
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