No es la primera vez, ni será la última, en la que un partido de baloncesto se decide en los instantes finales de la forma más inesperada. Un equipo que tenía la victoria en el bolsillo se queda con cara de incredulidad. El otro conjunto anota una canasta imposible y alcanza el éxtasis.
Este miércoles se disputó el primer encuentro de la final de la Liga Endesa entre el Barcelona y el Madrid. El conjunto de Pablo Laso llegó a aventajar a su rival hasta en 17 puntos. Tenía el partido controlado, pero un apagón en ataque y la aparición de Navarro limaron distancias en el electrónico. Sin embargo, el Madrid llegó al último suspiro con dos puntos de ventaja y posesión. Llull asumió la responsabilidad. El base decidió jugarse un triple para matar el partido tres segundos antes de que concluyese la posesión de su equipo. El aro escupió la pelota hacia abajo de formma que el reloj apenas avanzó, Marcelinho Huertas cruzó el campo y anotó una canasta imposible sobre la bocina para darle la vuelta a un partido que muchos consideraban decisivo.
Un viejo conocido de la afición del Obradoiro protagonizó una jugada similar en la NBA. Corría el año 2007. Los Washington Wizards del bravo Michael Ruffin tenían el partido controlado frente a Toronto (ganaban de 3 puntos a falta de 3 segundos con la posesión a favor). El pívot estadounidense había interceptado el balón en una acción que parecía decisiva. Su poca puntería motivó que se deshiciera de la pelota lanzándola al vacío con una doble idea: no ser objeto de falta y que transcurrieran los instantes finales con la pelota flotando en el aire. Nada más lejos. El balón cayó como un plomo. Y Morris Peterson, que pasaba por allí, anotó la canasta de su vida para llevar el partido a la prórroga.