Cuando ha llegado al ecuador del play off de ascenso a Segunda División A, con dos victorias y un empate, cuatro goles a favor y uno encajado, la cotización del Lugo ha subido espectacularmente. Los resultados son el único aval que acredita una candidatura. La del equipo rojiblanco se ha forjado con una trayectoria casi inmaculada y de aparecer, al principio, como el chollo deseado del sorteo por todos los candidatos, se ha pasado a una revalorización que le coloca como un rival temible y firme aspirante. Para acreditar esa metamorfosis, han bastado tres partidos. Dos para eliminar al Eibar, y el tercero para poner al borde del k. o. a todo un campeón forjado a golpe de talonario. Pero no caigamos en la cuenta de la lechera. Ni conviene dejarse llevar por la euforia. Si el Lugo ha llegado hasta aquí para disfrute de sus seguidores y admiración de sus adversarios, lo ha sido por venir imbuido de humildad. Si quieren, como un perfecto tapado. Voy más allá: impregnado de un estilo propio e irrenunciable, impropio de la categoría, donde el balón es el epicentro. Una especie de transmutación del guardiolismo a las riberas del Miño, de la mano de otro apóstol del tiki-taka: Setién. A eso, súmenle un año de experiencia en esta clase de finales, y hallarán la respuesta a este grado de madurez. Y todo, sobre una base de concentración y sacrificio para minimizar los puntos flacos. Pero queda lo más difícil. El gol postrero de Dani deja abierta una eliminatoria que parecía sentenciada. Y casi obliga a los lucenses a marcar algún gol en Baleares. Porque el ambiente, el calor, la superficie y el rival es un póker muy difícil de superar. Tanto como lo tiene el Atlético Baleares para superar la renta del Lugo.