CICLISMO

La confesión entierra a Ullrich

El alemán admite su dopaje y el contacto con Eufemiano Fuentes

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Era el último paso que le faltaba para enterrar su carrera como deportista, para liberarse del pasado, y ayer decidió que había llegado el momento. Jan Ullrich (Rostock, Alemania, 1973) confesó que recurrió al dopaje para preparar el Tour del 2006 y además admitió los contactos con la red tejida por el médico español Eufemiano Fuentes. Una relación, por otra parte, constatada en la operación Puerto y que llevó esta semana al TAS a imponerle una sanción de dos años. Había pocas opciones de que Ullrich volviese a competir encima de una bicicleta tras haberse retirado en el 2007, pero la decisión del tribunal de arbitraje terminó por fulminarlas. Por eso, uno de los mayores talentos del ciclismo moderno ejecutó su desahogo. Ya no tenía nada que perder. Necesitaba lavarse la cara.

Cualquier nuevo talento que se enfunda el maillot de un equipo profesional firmaría acabar segundo en el Tour de Francia, la carrera más prestigiosa del mundo. Sin embargo, Ullrich, vencedor en 1997 con tan solo 23 años, se había cansado de seguir la rueda de Lance Armstrong. En cinco ocasiones alcanzó el peldaño de consolación, el que siempre se ha dicho que está destinado al primer perdedor. Tres de ellas, las últimas, detrás del americano, que esculpió sobre el corpulento alemán la imagen de eterno segundón, la del sucesor de Raymond Poulidor. Algo difícil de soportar.

«Para el Tour del 2006 quería apelar a todos mis recursos. Después de ganar en 1997 y de cinco segundos puestos, las presiones de la opinión pública, de los patrocinadores y la mía propia eran enormes», señaló ayer el exciclista a través de un comunicado, en el que también admitió su relación con el médico español Eufemiano Fuentes: «Confirmo que tuve contacto con Fuentes. Sé que fue un gran error que ahora lamento mucho».

En Alemania, donde había sido elevado a la categoría de ídolo nacional, su arrepentimiento ha tardado demasiado. Las palabras de uno de los expertos del país en la lucha antidopaje, Werner Franke, son solo uno de los ejemplos de lo maltrecha que está la figura de Ullrich entre los suyos. «Se dopó durante años. Despedirse ahora con un ?lo siento? es bastante poco», señaló ayer Franke a la agencia DPA. Al vencedor de la Vuelta de 1999 incluso le podrían reclamar el reembolso de contratos de patrocinio y publicidad.

En su descarga, el exciclista afirma que trató de inculparse antes. «Poco después de mi suspensión -indica en el mismo documento- quería reconocer públicamente la equivocación que cometí, pero tenía las manos atadas. Me callé por consejo de mis abogados, como es habitual en estos casos». Cinco años y siete meses después de que en el laboratorio de Eufemiano Fuentes se encontrasen bolsas de sangre etiquetadas con el nombre de Ullrich y que se corroborasen pagos del corredor al médico por cerca de 80.000 euros, la carrera del niño prodigio encontró su final.

Deslumbró con 22 años

Un triste epílogo para aquel grandullón que deslumbró al mundo con 22 años en el Tour donde Induráin dejó el camino libre para las siguientes generaciones. Era 1996. Terminó segundo, detrás de su jefe de filas, Bjarne Riijs. La potencia en la contrarreloj, donde movía unos desarrollos estratosféricos, se convirtió en su mejor baza. Pero no solo le gustaba desafiar al tiempo, también era muy regular cuando la carretera ganaba pendiente. Su forma de subir recordaba a la de Indurain. Siempre sentado, con las manos soldadas al centro del manillar, y armando cada pedalada desde el riñón. Sobre el asfalto exhibía unos nervios de hielo, pero la profesión viajaba por dentro. Digirió mal la irrupción de Pantani y acabó desquiciado por Armstrong.

Ullrich, a la salida de un juzgado en Alemania. I. FASSBENDER Reuters