Lecciones de humildad para Mou de parte de un viejo «zorro»

Arsenio fue hace diecisiete años un ejemplo del que aprender cómo comportarse ante la adversidad. El técnico de Arteixo jamás se quejó del árbitro ni del rival cuando perdió una Liga por un penalti fallado en un partido primado.


29/04/2011 22:04 h

Era 1994 y el Deportivo estaba ante el momento más importante de su historia hasta el momento. El equipo gallego se jugaba la Liga ante el Valencia, pero en el último minuto todo se volvió en contra.

Aquel 14 de mayo, instantes antes del final, López Nieto pitó un penalti que tristemente se convirtió en el más famoso de la Liga.

Pese a que todo el mundo esperaba que Bebeto, el ídolo de conjunto coruñés lo tirase, terminó por ser Djukic el valiente que se situó enfrente de González. Y lo falló.

El portero valenciano paró la pena máxima y con ella la ilusión de miles de aficionados blanquiazules, que se desquebrajó sin remedio alguno.

Tras el encuentro, el técnico herculino, todo un caballero, se situó ante las cámaras y los micros para intentar describir lo sucedido.

No lloró, ni hizo falta, porque sus palabras fueron un ejemplo de la elegancia que se presupone en un club señor, un club como lo era aquel Deportivo.

Arsenio Iglesias no quiso preguntas, porque era incapaz de encontrar respuestas. Sin embargo, con asombrante entereza agradeció el cariño de una prensa que estalló en aplausos cuando el Zorro de Arteixo aclaró que «no pudimos ser campeones» porque «estaría escrito así».

Habló del destino, y de los caprichos del fútbol. De la tristeza de la gente y la desilusión. Pero no nombró al árbitro, ni a los maletines, ni al rival. Ni tan siquiera cuando recordó el crucial momento: «hasta fuimos a fallar un penalti cuando no había tiempo ni para respirar, tuvo que darse todo así. Muchas gracias y que Dios reparta suerte», concluyó.

Un señor. Un señor que no apareció el pasado miércoles en el Bernabéu, cuando el Real Madrid perdió con el Barcelona y su técnico no hizo más que quejarse y reprochar. Reprochar al árbitro y al Barça. Desprestigiar al rival y su historia. Y ensuciar la imagen de una entidad blanca que pierde crédito a la vez que gana enemigos.

Un espectáculo que hace rato que ha dejado de ser vergonzoso y se ha convertido en un esperpento y en un ejemplo de todo lo que nunca se debe ser.

Y es que a Mou no le vendrían mal unas lecciones de Arsenio, un hombre normal, pueblerino y sin clase, pero un fenómeno del fútbol y un ejemplo de ser humano.

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