«Marienbad eléctrico»

La obra de Enrique Vila-Matas nace de charlas y encuentros amistosos

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Redacción / La Voz

Suele decirse con acierto que la literatura de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se mueve en los desdibujados lindes de lo inclasificable. Y esta tónica se mantiene en su obra después de su alucinada novela-ensayo Kassel no invita a la lógica (2014), en que el autor se convertía en una especie de instalación artística viviente, para proseguir tan duchampiano camino. Marienbad eléctrico nace de su amistad con la artista gala Dominique Gonzalez-Foerster, sus charlas en el parisino café Bonaparte y el intercambio de e-mails. El diálogo deviene en indagación sobre el proceso creativo, sobre la escritura, sobre referentes como Resnais, Bioy Casares, Perec, Robert Walser, Bolaño o Sebald. Y el relato se confirma en ese universo tan apegado a Vila-Matas, que es la autoficción, el recurso, como en un juego, a los mecanismos de un ensayo en que acaba introduciéndose a sí mismo en la narración para después moverse en ella como si de un avatar se tratase. El libro, en su libertad absoluta de forma, funciona en sí casi como una instalación, como un elogio de las infinitas posibilidades de la creación. Una expresión de fe en el arte, como el propio Vila-Matas sugirió.

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