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Fallece Pierre Boulez, símbolo de la vanguardia musical del siglo XX

Compositor y director, polemista incisivo, murió en Alemania a los 90 años

La Voz, 07 de enero de 2016. Actualizado a las 01:27 h. 3

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La vanguardia musical, entendida como un impulso siempre renovador, que explora decidida el futuro aun a costa de destruir a su paso, perdió ayer a uno de sus principales valedores y símbolos, el compositor y director Pierre Boulez. Sus polémicas declaraciones, siempre incisivas, eran la cara más visible del genio incómodo, pero era ante la partitura, en blanco o en la lectura de las notas de otros, donde se revelaba en toda su complejidad la pulsión de Boulez. Un hombre que «siempre será futuro», en palabras de un ilustre colega, Daniel Barenboim.

Boulez llevaba ya un tiempo enfermo y no había podido participar de las celebraciones con las que se festejó su noventa cumpleaños, el pasado mes de marzo. Falleció en Baden-Baden, su refugio alemán tras su reacción exasperada al conservadurismo que se encontró en otros lugares, incluidos Nueva York y su propia patria, Francia, donde había nacido en Montbrison en 1925.

Su primera formación la recibió en el Conservatorio de París como discípulo aventajado de Olivier Messiaen, de quien pronto se distanció cuando se alineó con otras figuras emergentes de la nueva música del siglo XX, de Stockhausen a Ligeti, pasando por Cage. Lo que había de atonal y de serialismo en las primeras composiciones de Boulez, como Polyphonie X, hacían de su escucha todo un reto. El autor también se valió de su interés por otras disciplinas artísticas y las matemáticas, así como la naciente aplicación de las computadoras a la composición, para ahondar en su personal visión. Seguirían obras fundamentales en su carrera, como las sonatas para piano o Le marteau sans maître.

Director sin batuta

A medida que avanzaba el siglo también creció el interés de Boulez por la dirección. Su gestualidad precisa y el hecho de que prescindiese de la batuta caracterizaban sus icónicas intervenciones. Trabajó especialmente con orquestas como la Sinfónica de la BBC o la Filarmónica de Nueva York, aunque en esta última ciudad experimentó más frustración que gozo. También se puso al frente de las Filarmónicas de Berlín y Viena, entre otras. Como director, los grandes nombres -Wagner, Beethoven, Mahler- recibían una atención especial, igual que otros pilares de su propio siglo, de Schönberg a Stravinsky, de Bartók a Berg. Su genio atrajo a otros visionarios procedentes del ámbito del rock, como fue el caso de Frank Zappa, de quien dirigió tres obras.

A su formidable presencia musical se unía también su irrefrenable juicio traducido en explosivas declaraciones públicas. Famosa fue su frase de 1967: «Hay que volar los teatros de ópera». Una exclamación que participaba de lo que calificaba de «espíritu irreverente»: «Dije que había que pintarle un bigote a la Mona Lisa. No basta. Hay que destruirla. Todo el arte que emana del pasado debe ser destruido. Los autores que admiro, como Beethoven, Wagner, Debussy, Berlioz, no siguieron la tradición. Hay que restaurar el espíritu irreverente en el arte». Para él, la clave estaba en el futuro: «Las civilizaciones se destruyen para avanzar».

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