Imagen:Cela, antes de declarar en el 2001 por presunto plagio

Cela admitió haber cometido un error con «La cruz de San Andrés»

El premio Nobel se confesó a su bibliotecaria, Marisa Pascual, en la primavera del 2000


madrid/Colpisa.

Iria Flavia (Padrón, Pontevedra). Primavera del año 2000. Una llovizna envuelve a los 500 habitantes de la pequeña localidad gallega. Marina Castaño sale de la Fundación Camilo José Cela, monta en su Jaguar con asientos de cuero beis y emprende viaje a Santiago de Compostela.

En la enorme casona se quedan solos Cela y Marisa Pascual, la bibliotecaria. El nobel disfruta a chupitos de un whisky ?Johnnie Walker. A medida que bebe se le va alegrando el entendimiento. Charlan de la infancia, de Vigo, de los jesuitas. En un momento dado, Marisa Pascual le pregunta: «¿Qué ocurrió con La cruz de San Andrés?». El nobel la mira a los ojos y dice sin titubear: «Todos cometemos errores en esta vida». Seguidamente apoya el vaso sobre la mesa y continúan conversando sobre diversos asuntos.

El hijo del nobel, Camilo José Cela Conde, vino a refrendar en su día las palabras del padre: «Esa novela nunca se debió publicar». Marisa Pascual, diez años después -y ya ex bibliotecaria de la fundación- recuerda con ternura al autor de Viaje a la Alcarria, «un hombre con mucha vitalidad» que acreditaba «un gran sentido del humor». Su voz se torna dulce y entusiasta cada vez que se refiere a don Camilo. «Me sentía muy arropada por él».

La historia de un error. Todo comenzó cuando Carmen Formoso, autora de la novela Carmen, Carmela, Carmiña , se detuvo ante el escaparate de la librería Arenas, en A Coruña. Allí vio La cruz de San Andrés, la obra con la que en 1994 Cela ganó el Premio Planeta y los 50 millones de su dotación. Formoso, que había presentado su novela al mismo certamen, entró en la librería, hojeó la solapa y le interesó el tema: era una historia parecida a la suya. «Qué casualidad», se dijo. Al llegar a su casa comenzó a leerla. «A las pocas páginas empecé a sentirme mal. No podía creerlo. Allí estaba mi vida, mis sentimientos, era como si me hubieran vampirizado».

A finales de 1998, el abogado Jesús Díaz, en representación de su clienta, Carmen Formoso, presentó en los juzgados de A Coruña una querella criminal en la cual se acusaba a la editorial Planeta y a Camilo José Cela de los delitos de «apropiación indebida» y «contra la propiedad intelectual». El caso fue archivado dos veces y otras tantas abierto: una por la Audiencia Provincial de Barcelona y la definitiva por el Tribunal Constitucional. Tras doce años de litigios, la titular del Juzgado de Instrucción número dos de Barcelona, Eugenia Canal, decretó a mediados de este mes de octubre la apertura de juicio oral contra el editor José Manuel Lara Bosch por presunto plagio de la obra Carmen, Carmela, Carmiña, de Carmen Formoso. La jueza acusa al presidente del Grupo Planeta de presuntos delitos «contra la propiedad intelectual, apropiación indebida y estafa» y requiere a Lara una fianza de medio millón de euros. No hay posibilidad de recurso. Tras una terca y empecinada lucha, Jesús Díaz ha conseguido sentar en el banquillo al todopoderoso editor. Si llega a estar vivo, Camilo José Cela hubiera corrido la misma suerte. Carmen Formoso tuvo la fortuna de que su hijo fuese abogado. De haber contratado a uno, la broma le hubiera salido por 190.000 euros.

«Todo este grotesco cambalache, toda esta canallada la urdieron, presuntamente, la que entonces era directora general de ediciones del Grupo Planeta, Ymelda Navajo, la esposa de Cela, Marina Castaño, la agente literaria Carmen Balcells y el propio Lara», explica Jesús Díaz Formoso. «Y el que transformó la novela de mi madre para convertirla en La cruz de San Andrés fue presumiblemente Mariano Tudela, uno de sus habituales 'negros'». Y añade: «Cela también metió la cuchara, y además muy bien metida, porque tuvo la genialidad de contar, entre líneas, el propio plagio, además de ciscarse en todos los que intervinieron en él».

El abogado de Carmen Formoso se refiere a un párrafo de La cruz de San Andrés escrito por el propio Cela que dice: «En estos rollos del papel higiénico La Condesita se va a narrar la crónica de un derrumbamiento El gladiador que va a morir saluda a César (a la editorial Planeta se lee entre líneas) con un corte de mangas porque también él juega y juzga y se ríe a carcajadas del César y de quienes van a escupir sobre su cadáver, sería espantoso imaginarnos a la humanidad demasiado sumisa, suenan los clarines porque ya empieza la misa negra de la confusión, el solemne acto académico de la más turbia de las confusiones».

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