Los nueve alumnos de la primera promoción del colegio Andaina

Historia de Pericles y Andaina

Sale de Culleredo la primera promoción de un proyecto educativo innovador basado en el aprendizaje cooperativo


¿Para qué sirve memorizar las capitales del mundo si en una semana se olvidan? ¿Una parvulita que se llame Sara aprenderá igual de rápido la r que la a? ¿Y qué pasa cuando el cerebro suma 19 más 2? ¿También se lleva una? ¿A dónde?

Martín Álvarez llegó a Andaina con cuatro meses. Ahora tiene 16 años y en septiembre no volverá al colegio de Culleredo donde estudió toda la vida, salvo un año que la cooperativa de enseñanza que gestionaba la escuela dio el salto al colegio que es hoy. «Todo tiene su momento», dice el chaval sobre su marcha forzosa de este centro que no oferta bachillerato y en el que organizó su primera protesta, con nueve años, para exigir dentífrico individual. «Solo había dos tubos, de fresa o de menta, íbamos pasando y la profesora nos iba echando en el cepillo. Hicimos pancartas y nos manifestamos para tener un tubo cada uno. Teníamos derecho y lo conseguimos».

Las pancartas ya eran habituales en los pasillos. Para decidir «Qué somos», la temática común que identifica a todo el colegio y aglutina parte de la actividad del curso, cada aula investiga un tema, elabora su propuesta, y la argumenta y defiende durante una campaña con mítines y votaciones. A cada uno le toca una tarea en función de sus capacidades, y en la jornada electoral los pequeños suelen encargarse de certificar que el votante está en la lista. «Están aprendendo a ler, pero hai que velos cómo atopan os nomes, cos maiores ao lado dicíndolles que apuren, que queren votar», explica una profesora. Lo que mejor se aprende es lo que se vive. El año pasado el tema de los personajes históricos se impuso por 125 votos a la pintura (42) y los escritores (16), y así un aula fue Arquímedes, otra, Eleanor Roosevelt, y otras, Claudio, Pericles o Galileo.

Andaina es un referente en innovación educativa en Galicia y a finales de junio despidió a su primera promoción, esos nueve adolescentes que se arrimaron para la foto y cuando tuvieron que valorar el colegio hablaron más de actitudes que de la Roma republicana. «Yo sufrí una transformación bastante grande -explica Martín-. Aquí aprendí a entenderme con los demás, porque antes no me llevaba bien con todo el mundo, bueno, en realidad no me llevaba bien con nadie». Risas. A su derecha Jessica Cerredelo, de 17 años, relata su periplo particular: «Yo ya perdí la cuenta de los colegios en los que estuve, en todos me fue fatal, los profesores pasaban más de ti, y aquí están muy encima, llaman a casa, te explican. Yo aquí me siento segura». «La gente es más abierta y te acoge aunque seas nueva en el colegio, fuera los grupos son muy cerrados», explica Ángela Sal.

«Aprender a ser, aprender a convivir, aprender a aprender». Así se resume el modelo pedagógico. Con un ojo puesto en los países nórdicos y otro en la avanzadilla catalana, el equipo basa su ideario en pocos principios, pero omnipresentes: aprendizaje cooperativo (cada alumno asume una parte del trabajo que después pone en común), respeto a la diversidad y a los ritmos de aprendizaje de cada niño, enseñanza laica, participación de las familias, inmersión en las tecnologías de la información y la comunicación desde los 3 años, e inmersión linguística en gallego, salvo en las áreas de inglés, francés y castellano.

Los alumnos trabajan por proyectos, sin ceñirse en exclusiva al libro de texto. Investigan, recogen información, la resumen, la analizan. «Cando precisen algo, saberán cómo atopalo», asegura la directora.

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