Vivo en lo más alto

La ciudad es suya. Subimos al piso más alto del edificio más alto de Galicia. Casi 120 metros de altura desafiando el vértigo. Súmate al tour como un pájaro. Vas a volar con las vistas...

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06/05/2017 16:57 h

Del asfalto al cielo, a las mejores vistas de A Coruña, en 40 segundos de ascensor. Eso dura la subida al edificio más alto de Galicia. Un viaje exprés para elevarse 119 metros del suelo, a 33 pisos de altura. El número del piso más alto es oficialmente el 25, pero hay que sumar la realidad de las plantas de oficinas que preceden a las viviendas. El ascenso se hace corto porque subimos, palabra de instaladores, en uno de los ascensores más veloces, y el acceso a las viviendas se reparte en cuatro. Montacargas aparte, al piso 25 solo lleva uno de los elevadores, que sube directamente del 5 al 25. «¿Va a una vivienda? Se equivoca, porque en el 25 solo está la TVG», me dice una vecina a punto de descubrir que la cadena comparte el top con la familia de Diego y Sofía. Ellos viven en lo más alto y están puntualmente informados de la actualidad... y de los cruceros que llegan a puerto. «Somos buenos vecinos de la TVG, a veces somos nosotros quienes les informamos por lo que vemos desde casa», apunta Diego. «O les pedimos azúcar», suma Sofía. La familia que vive en el rascacielos más alto de Galicia nos lo pone fácil. Lo difícil (en especial para los primos en números y orientación espacial) es acertar con la puerta del portal en la Torre Hercón (conocida popularmente como la Costa Rica, en honor a la calle); según a qué piso vayas escogerás portal.

De A Marola a la Zapateira

Vértigo solo de entrar. Empiezo por la terraza de la cocina, que da al sur. Hace buen tiempo. La vista «no es la mejor» desde este punto de la casa, advierten Sofía y su hija mayor, yo las miro con desconfianza porque nos vamos a vista de pájaro y sin movernos del sitio lejos por la avenida de Arteixo. «Muévete en dirección Norte», me guían. Y entramos en el cuarto de invitados del 25 de la Torre Hercón. De Sur a Norte hay un salto de tiempo, y no de reloj. Al Norte la vista es insuperable, y el fresquito de Riazor también. La torre de Hércules queda en un picado maestro, y la ensenada del Orzán. ¿Cómo se vive en lo más alto?; pregunta retórica a punto de descubrir la película del salón. «¡Fenomenal!», dice esta familia que lleva once años rascando el cielo coruñés. La ría de Ferrol, A Marola, el faro de Mera, su playa, Santa Cruz, el castillo, Bastiagueiro, la Torre, el puerto, el Coliseum y una parte del parque de Santa Margarita les dan la razón. Vemos todo esto, y un barco cruzando el agua en el muelle de trasatlánticos, como un ojo de pez. Todo se hace pequeño tras estas ventanas con llave, y lento, y cadencioso. «Pues no veas cuando hay temporal... es como si la casa fuese a salir volando. Yo recuerdo esa sensación de mareo, como la de ir en un barco», confiesa Sofía, que se vino al 25 embarazada de su niña pequeña, hace once años. Para ella fue un regreso, volvió al edificio donde creció de niña en un piso de altura media, el quinto. Su hija se iba a llamar Paloma y como que elevó la vida familiar. «Vivir tan alto solo tiene un pero... si nos ponemos pijos... No se ve cómo es de verdad el oleaje, la fuerza del mar», sonríe Sofía. Por eso a ella le gusta bajar. Pero lo justo. ¿Os mudaríais? «No... después de vivir aquí, ¿adónde vas?», lanzan sin vértigo.

Una vez, solo una que recuerden, se estropeó el ascensor. Y llegar a su casa les llevó unos 20 o 25 minutos. Por algo los bomberos iban a entrenarse a la Torre Hercón subiendo y bajando escaleras para los campeonatos de España. Una misión para cuerpos especiales, acostumbrados a la acción. 

Isabel y Juan: «No nos perdemos nada, ni los goles de Riazor»

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Se podría decir que a Isabel y a Juan les gusta vivir en las nubes, o al menos lo más cerca del cielo posible. Su horizonte está claro, solo hay que asomarse a la ventana de su piso para ver que es azul, de un azul tan intenso que se refleja en su casa. Nada más entrar en ella dan ganas de ponerte las gafas de sol porque la luz lo inunda todo. Isabel y Juan son todistas del entusiasmo y, a su manera, unos vigilantes de Coruña, que por algo viven en la torre que lleva su nombre y llegan a verla al completo. «Mira, allí se ve Mera, Santa Cruz, el monte de San Pedro, por aquí el parque de Santa Margarita, los Puentes, la Ronda de Nelle, Riazor, la playa de Matadero, la Torre». La visita a su casa se convierte enseguida en un paseo guiado por la ciudad, en un enclave que Juan define como privilegiado: «De aquí no me mueve nadie ya, estoy comodísimo, voy andando a todas partes; si quiero playa la tengo, y si quiero ir al centro estoy a un paso».

La torre se construyó hace algo más de cincuenta años y ellos se decidieron a comprar un piso 14 precisamente por las vistas, porque el resto tuvieron que tirarlo entero y reformarlo por completo. «La vivienda estaba de obra, de cuando hicieron el edificio, así que ahora está construido a nuestra manera», indica Isabel. La mayor ventaja es, a su modo de ver, la independencia, la luz pura e intensa que tiene, y la tranquilidad, porque no se oye el ruido de la calle. «Yo me puedo levantar desnuda ?apunta? que nadie me ve». Ellos, en cambio, tienen la posibilidad de vernos a todos: «Asomarse al balcón es un entretenimiento, en San Juan vemos los fuegos, oímos los goles de Riazor, lo vemos todo». ¿Y el vértigo? «Yo no tengo problema ?señala Juan?, pero algún técnico cuando ha venido a reparar algo lo ha pasado mal, lo principal es que se aseguren con arneses». A su lado, Isabel no es de la misma opinión: «Yo si las ventanas están cerradas no tengo miedo, pero reconozco que la altura impone». Ella se encarga de limpiarlas (solo agua y amoníaco, recomienda) para quitar la arena y el salitre que se pega a los cristales. «Aquí la ciclogénesis se vive de otra manera ?bromea Juan? que desde su salón toma otra perspectiva: ves cómo entran las nubes, es espectacular, y las olas, ¡uf!». Mientras me cuenta cómo ve pasar los trasatlánticos o las luces de los pesqueros de noche, le pregunto por el ascensor. Tienen dos, para pisos pares e impares, ¿pero se ha estropeado alguna vez? «Los dos al tiempo no, pero cuando solo funciona uno, hay lista de espera como en el Chuac», se ríe Isabel. ¡Como para tener prisa! No es el Empire State, pero en los segundos que tarda en bajar, se puede empezar a esbozar este reportaje.

María Yáñez: «Solo me tapa el horizonte el monte O Castro»

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En Vigo, vivir en lo más alto puede ser una verdad relativa. Porque si sobre plano el edificio con más metros hacia el cielo son las Torres Ifer de la avenida García Barbón (72 metros y 22 plantas); seguidas por la torre de la isla de Toralla (70 metros, 21 plantas), sus vistas, que es lo que suele buscar el ciudadano sin vértigo que quiere estar cerca de las nubes, no ofrecen todo lo que pueden dar edificaciones sin tantas ínfulas. De sobra es conocida la empinada orografía del suelo urbano vigués. Por lo cual, cualquier vivienda construida en la parte más alta de la ciudad alcanza más elevación que inmuebles más espigados que han crecido al nivel del mar. Eso es lo que ocurre en Torre Europa, que desde la calle Couto de San Honorato, 26, desafía con chulería al Hospital Xeral (75 metros, 20 plantas), hoy vacío ya de contenido sanitario y esperando su reconversión en eje de la Ciudad de la Justicia. El edificio de esta vía donde reside María Yáñez está a 119 metros de altura, según los mapas topográficos de Vigo. Ella vive en el dúplex del último piso, que es un décimo y sobre el papel no parece gran cosa su prominencia. Pero se codea sin complejos con la gigantesca Torre Hercón de A Coruña (119 metros, más de 30 plantas).

Vexo Vigo, vexo Cangas

María Yáñez (en la foto, con su hijo) ve el Puente de Rande, desde su habitación, la península de O Morrazo desde el salón «y si me asomo un poco más veo las Cíes. Tengo vistas panorámicas por todas partes. Solo me tapa un poco el horizonte el monte O Castro. Es una maravilla. La luz de este piso es espléndida», reconoce. Pero puestos a poner pegas, encuentra una. «Cuando hay temporal, como no hay edificios alrededor, si el viento azota se nota muchísimo. Al principio daba un poco de miedo, pero te acostumbras», admite, aunque asegura que compensa. «Lo que es cierto es que cuando llevas mucho tiempo - yo llevo 16 años viviendo aquí-, dejas de apreciarlo. Cuando te vas un tiempo, regresas y recuperas esa sensación de tener un privilegio», indica la viguesa, trabajadora del Sergas, sobre su dúplex, que le gusta, aunque matiza que le hubiera encantado tener terraza.

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