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«Era un niño y me regalaron 70 años de vida»

José González-Moro nunca conoció a quienes lo salvaron de morir ahogado en Riazor con su padre y otro bañista

A CORUÑA, 24 de enero de 2016. Actualizado a las 09:20 h. 22

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Cada vez que otea un temporal en Riazor vuelve a su memoria aquel día. La fecha concreta se le escapa, «debía ser a finales del verano, porque yo todavía no iba a la escuela». Pero geográficamente recuerda lo ocurrido con todo detalle y resume con rotundidad: «Riazor es muy cabrón». José González-Moro Martínez (A Coruña, 1935) volvía esta semana al lugar donde hace unos 70 años tres pescadores lo salvaron de morir ahogado. La cita es «un poco a la derecha del Playa Club». Desde allí señala el canal «por donde sale el agua hacia afuera de la playa, que era por donde salían los pescadores con las embarcaciones». Luego va señalando las rocas de la primera línea, las de la segunda, «hasta aquella en marea baja se iba andando porque había mucha menos ayer que ahora», explica.

José va relatando lo ocurrido, poniendo en situación sobre las costumbres de la época: «Antes del 16 de julio no había baño y por las tardes la gente no iba a la playa; el baño estaba ritualizado por la mañana». Y parte de ese ritual era que la sirena de la fábrica de armas, «que estaba donde está ahora el Eusebito (el colegio Eusebio da Guarda)», sonaba a las dos menos diez de la tarde y todos los bañistas abandonaban la playa.

El día que los rescataron, José, que entonces tenía «unos diez años» fue a bañarse con su padre, José González-Moro Alberdi, que había nacido en 1898 en Puerta de Aires. En un momento dado, la corriente del mencionado canal arrastró hasta fuera de las rocas a los dos «y a un señor que venía a tomar las aguas y casi las toma de vez». Cuando se dieron cuenta «nos era imposible volver a la playa».

La situación de peligro la advirtieron los pescadores que tenían varadas sus embarcaciones a la derecha del Playa Club: «Estaban de pie, apoyadas contra el muro». Tres marineros con una de dichas embarcaciones, «una buceta», salieron a socorrer a los bañistas. «Al principio, cuando vi que se acercaban me aparté, pero ellos me dijeron que recogían. Mi padre me decía que me alejara del otro hombre, que no me agarrara porque estaba a punto de ahogarse». Los pescadores también subieron a la pequeña embarcación a este bañista, «pero mi padre, que estaba gordecho fue agarrado a la buceta porque se daba cuenta que a una embarcación para tres personas si nos subíamos seis podía hundirse».

Al llegar a tierra se produjo «el inevitable barullo, con la gente curioseando. Nos vestimos y luego mi padre vació los bolsillos y les dio 1.200 pesetas, todo lo que tenía» a aquellos tres pescadores a los que José González-Moro nunca volvió a ver. El otro hombre rescatado también les dio dinero, aunque una cantidad considerablemente menor. «A mi padre le iban bien las cosas», argumenta José, detallando que su progenitor había abandonado los estudios de Náutica, a petición de su madre, «porque mi tío Joaquín había muerto en el mar, era marino mercante».

José acaba evocando las curiosas costumbres que entonces había a la hora de ir a la playa, desde los bañadores de cuerpo entero en los hombres y hasta la rodilla en las mujeres o la obligación de ir con albornoz: «Era como ahora que cuando un grupo sale uno no bebe, porque cuando subía la marea unos se bañaban y en la playa quedaba uno aguantando de sus albornoces para cuando salieran». 

Sobre el agradecimiento a los salvadores, José lo resume recordando que entonces «era un niño y me regalaron 70 años de vida».

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