José Fernández Pernas: «Hasta que mi vida cambió fui mozo discotequero»


M ira a los ojos a las personas que los demás esquivamos con la mirada. Escucha a los que la mayoría pensamos que no tienen nada que decir. Quedamos en la cafetería Remanso de Cuatro Caminos. Son las siete de la tarde. José Fernández Pernas, el doctor Pernas, acaba de terminar su jornada laboral y se va a trabajar. Pedimos un café. Un vendedor senegalés nos ofrece unas pulseras. Pernas aprovecha para informarle de que en la Sagrada Familia existe la Fundación Renacer para ayudarle en lo que desee. «Mi sentido del servicio a los demás parte de mi encuentro con Jesucristo al leer el Evangelio. Si todo el mundo se comportase así no habría hambre ni guerras...», reflexiona este benefactor de 58 años -«dicen que nos los aparento»-. Hijo de un asturiano ya fallecido y de una gallega de Lugo que vive con él. «Mi madre me ha dejado ser yo y me apoya. Es una grandísima madre, no hay palabras. Además cocina muy bien y conoce mis gustos, así que entre eso y que para mí el pan es una debilidad, algo terrorífico, me cuesta bajar de peso», destaca sonriente.

Juvenil del Sporting

Es oriundo de Sama de Langreo, Asturias. En 1981 llegó a A Coruña para cumplir sus obligaciones militares en el botiquín del acuartelamiento de Atocha. Había terminado los estudios de Medicina en Oviedo. «Empecé a hacer sustituciones... y llevo aquí con trabajo estable como médico desde hace 33 años». Me habla de sus dos vidas, la de antes de encontrar la fe y la de después, la de ahora, la del fundador de Renacer, una organización que en la actualidad atiende a setenta personas. «En mi vida pasada, hasta los 23 años, fui mozo discotequero. Hacía deporte y llegué a jugar en el juvenil del Sporting de Gijón. También cantaba música ligera, al estilo Nino Bravo. Me gustaba mucho la fiesta. Después sentí la necesidad de vivir mi fe. Decidí que tenía que ayudar y, en vez de cantar para la gente, lo hacía para los viejecitos de los asilos que visitaba», recuerda.

Una casa para todos

No sabe lo que son las vacaciones. «Me sentiría mal estar por ahí sin hacer nada mientras hay personas que lo está pasando mal. ¿Abandonarías a tus hijos? Pues yo estoy pendiente de los míos, de los 35 extranjeros y 35 españoles que ahora mismo forman parte de la familia de Renacer. Aquí llega de todo. Mi única afición es ayudar a la gente», confiesa. No fuma, no bebe. De A Coruña le gusta todo, empezando por la Sagrada Familia. No va a la playa. «Soy muy friolero», asegura. El domingo, su día libre, su casa se llena de esas personas que lo ven como un padre. Pernas les da de comer y después juegan la partida. «Mi madre los conoce y se lo pasa muy bien con ellos. Le llaman Mami», apunta. Una y otra vez me habla de su proyecto y de la fe. «Ver como seres humanos que fueron delincuentes, maltratadas, con adicciones y que hoy tienen una estabilidad...» De vez en cuando juega al cupón de la ONCE y compra la lotería de Cruz Roja. ¿Y si le tocase? «Si tuviera dinero construiría un edificio en Bens o en el Portiño, donde no molestase a nadie, y acabaría con la gente que duerme en la calle. Saldría por las noches y los llevaría para allí. Hay un proyecto en Estados Unidos que se llama Casa para todos que es muy interesante. Hace años hablé con Amancio Ortega y ojalá nos ayude algún día». Una llamada interrumpe nuestra charla. La comunicante es una mujer con un espeluznante pasado (fue violada, entre otros, por su padre) y que ahora ayuda a otras mujeres. Necesita los servicios de Renacer para resolver un problema urgente. Nos despedimos. Dice que su principal defecto es que es impaciente. Un pequeño defecto en un hombre que parece perfecto. «Perdono todo y eso ayuda a tratar con esas personas. El que ayuda es feliz. El rencor y el odio hacen sufrir. Quisiera ser perfecto para no fallar a los demás», sentencia el fundador de Renacer.

«Hablé con Amancio Ortega, ojalá nos ayude algún día»

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